miércoles, 6 de marzo de 2013

Con la pluma y la palabra (primera parte)



Los fantasmas, esos eternos enemigos de las almas atormentadas, suelen regodearse en los laberintos mentales de aquellos a quienes acosan.

Para quienes no encuentran paz en su vida, esos mismos fantasmas, adquieren la doble categoría de enemigos íntimos y fieles acompañantes.

Era el caso de Adrian, que escudaba sus miedos y torturas bajo una capa que bien podía ser considerada por quienes lo rodeaban, como la personalidad de un psicópata inescrupuloso.

Su cinismo, su frialdad y hasta el regodeo en el sufrimiento de quienes lo rodeaban era, sin dudas, su marca personal. Esa extraña forma de entender el poder que tienen aquellos que encuentran en el sufrimiento ajeno un pequeño consuelo a sus propios miedos y dolores. Sentimiento que jamás (jamás!) estaría dispuesto a mostrar o reconocer ante otros.

A la luz de todo lo sucedido finalmente comprendo que esa personalidad  no era más que una fútil máscara. Era, hoy lo entiendo, el arma con la que podía luchar contra esos fantasmas. Esas entidades internas que torturaban su mente, demostrándole día a día, el pobre concepto que tenían acerca de su persona.

En un punto Adrian buscaba de manera constante pero infructuosa, las armas para exorcizarlos. Más lo intentaba, más se encarnizaban en su proceso destructivo.

La máscara, que era su personalidad pública, jamás dejo traslucir el dolor y la tortura que implicaba tener al enemigo dentro suyo. Nunca pudo poner en palabras lo que le ocurría. Con el esfuerzo que implicó establecer esa imagen fría y calculadora, no podía mostrar ningún signo de debilidad. Menos que menos frente al Directorio que usufructuaba su personalidad y su psicosis, sin pagar el costo de ser la cara visible de las decisiones más incómodas y difíciles.

Cada fantasma tenía su nombre. Nombres épicos y algunos casi impronunciables con los que Adrián se refería a sus torturadores en sus diálogos internos. Fastolfian, Werdahein, Rosingwor, Buttar, Shalbloch… La lista era extensa... e implacable.

Esos diálogos se desarrollaban en un cuarto que Adrián había acondicionado especialmente para esos encuentros: cerrado, insonorizado y en penumbras. Como si fuera una versión tridimensional del retrato de Dorian Gray, Adrian salía del cuarto, luego de cada encuentro, físicamente agotado, anímicamente destrozado, pero con su máscara pública reforzada y su alma endurecida. 

Estos encuentros, lejos de destruir o aunque sea debilitar a sus fantasmas los multiplicaban y fortalecían...


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