sábado, 16 de marzo de 2013

Con la pluma y la palabra, última parte

Continúa el cuento que comenzó en el post anterior: 


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Un día por casualidad, como ocurre generalmente en los cuentos pero más en la vida real, Adrián descubrió la forma de terminar con esa tortura. En uno de los encuentros, mientras ellos lo torturaban con sus frases destructivas, escribió en una servilleta el nombre de aquel que le hablaba. Tomo la lapicera y casi como garabateando deletreó: W-e-r-d-a-h-e-i-n…

De golpe sintió una paz que hacía tiempo había olvidado: el nombre, puesto efectivamente en palabras y escrito sobre un papel, como una especie de corporización de su enemigo interno, había logrado lo que por años él mismo intentó sin éxito: matar al fantasma. Adrián notó como si, de golpe, disminuyera la presión que sentía en su cabeza.

No quiso alegrarse demasiado. No confiaba en el verdadero poder de lo que había hecho. Pero notó con sorpresa que lo que parecía imposible, era real: había matado al primer fantasma.

De a poco y con cautela, uno a uno, Adrián fue escribiendo en cada sesión de su cuarto cerrado, los nombres de todos ellos.

Fastolfian.
Rosingwor.

A medida que desaparecían, así caían las capas de su máscara. De a poco, fue mutando su personalidad.

Buttar.
Shalbloch.

El cambio era notable. Hasta en sus momentos de soledad, Adrián cambió sus intereses: comenzó a leer y escribir poesía.

Comenzó a interactuar y a preocuparse por quienes lo rodeaban. Pudo establecer relaciones más personales y directas y, contra todo pronóstico, pasados sus 46 años conoció a la que se convirtió en su mujer, pocos días después de acabar a fuerza de tinta y papel, con el último de sus fantasmas.
O, por lo menos, así creía él.

Al año de casarse, Adrián presenció con lágrimas en sus ojos, el nacimiento de su hija. Adrián, el desquiciado, el deshumanizado, el que no podía ni quería emocionarse, había llorado con lágrimas legítimas. Lejos de ser la persona que había sido, dio espacio a sus emociones y le abrió su corazón a ese ser que hoy tenía en sus brazos. Carolina, le puso. Quiso un nombre simple, de sonido dulce y poco ampuloso.

Inspirado por la mirada de su hija, volvió al cuarto casi olvidado. Hacía meses que no entraba. Después de todo, no tenía necesidad porque ya había acabado con los fantasmas.

O, por lo menos, así creía él.

Ese nuevo Adrián tuvo la necesidad irrefrenable de dejarle un legado a Carolina. Y comenzó a escribir una carta para ella. “Querida hija…” comenzaba.

Era una carta extensa pero sencilla. La escribió movido por su emoción e intentando dejarle sus consejos, sus experiencias y, sobre todo, su amor eterno e incondicional.
Escribía sin detenerse, hurgando en su memoria. Una memoria que ahora estaba libre y limpia, después de tantos años de tortura.

O, por lo menos, así creía él.

Lástima que la carta, en su última línea, decía “No olvides nunca que tu padre te ama, Carolina”.
Al escribir la última letra del nombre, comprendió su error. Por unos minutos dejó de respirar, rompió el papel y lo quemó, tratando de deshacer lo que ya estaba hecho.  

Tarde.

No se atrevió a salir. No quiso enfrentar lo que él mismo había hecho. Ese odio contenido se le había vuelto contra lo que más quería Lo único que quería, en realidad.

Supo que no le quedaba alternativa: tomó la lapicera y, lentamente, comenzó a escribir.

Atormentado.
Decidido y con los dientes apretados.
Retorciéndose entre la determinación la culpa y la duda.
Inflamado por dentro.
Asumiendo con plena conciencia lo que estaba a punto de hacer
N…

Y así terminó con el último de sus enemigos interiores.

O, por lo menos, así creía él.

Porque yo estaba allí siendo testigo pasivo y silencioso, tal como me había propuesto, de un final donde Adrián sería su propio juez y verdugo.

FIN


N.del A.: quien reconozca al personaje, puede arriesgar en los comentarios.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Con la pluma y la palabra (primera parte)



Los fantasmas, esos eternos enemigos de las almas atormentadas, suelen regodearse en los laberintos mentales de aquellos a quienes acosan.

Para quienes no encuentran paz en su vida, esos mismos fantasmas, adquieren la doble categoría de enemigos íntimos y fieles acompañantes.

Era el caso de Adrian, que escudaba sus miedos y torturas bajo una capa que bien podía ser considerada por quienes lo rodeaban, como la personalidad de un psicópata inescrupuloso.

Su cinismo, su frialdad y hasta el regodeo en el sufrimiento de quienes lo rodeaban era, sin dudas, su marca personal. Esa extraña forma de entender el poder que tienen aquellos que encuentran en el sufrimiento ajeno un pequeño consuelo a sus propios miedos y dolores. Sentimiento que jamás (jamás!) estaría dispuesto a mostrar o reconocer ante otros.

A la luz de todo lo sucedido finalmente comprendo que esa personalidad  no era más que una fútil máscara. Era, hoy lo entiendo, el arma con la que podía luchar contra esos fantasmas. Esas entidades internas que torturaban su mente, demostrándole día a día, el pobre concepto que tenían acerca de su persona.

En un punto Adrian buscaba de manera constante pero infructuosa, las armas para exorcizarlos. Más lo intentaba, más se encarnizaban en su proceso destructivo.

La máscara, que era su personalidad pública, jamás dejo traslucir el dolor y la tortura que implicaba tener al enemigo dentro suyo. Nunca pudo poner en palabras lo que le ocurría. Con el esfuerzo que implicó establecer esa imagen fría y calculadora, no podía mostrar ningún signo de debilidad. Menos que menos frente al Directorio que usufructuaba su personalidad y su psicosis, sin pagar el costo de ser la cara visible de las decisiones más incómodas y difíciles.

Cada fantasma tenía su nombre. Nombres épicos y algunos casi impronunciables con los que Adrián se refería a sus torturadores en sus diálogos internos. Fastolfian, Werdahein, Rosingwor, Buttar, Shalbloch… La lista era extensa... e implacable.

Esos diálogos se desarrollaban en un cuarto que Adrián había acondicionado especialmente para esos encuentros: cerrado, insonorizado y en penumbras. Como si fuera una versión tridimensional del retrato de Dorian Gray, Adrian salía del cuarto, luego de cada encuentro, físicamente agotado, anímicamente destrozado, pero con su máscara pública reforzada y su alma endurecida. 

Estos encuentros, lejos de destruir o aunque sea debilitar a sus fantasmas los multiplicaban y fortalecían...