viernes, 31 de mayo de 2013

Una salvajada


Lo que les voy a contar no me llegó por vía de nadie. Fui atónito testigo de todo lo que ocurrió.

Al principio me pareció que era una broma, un truco. Pero no. Era todo real y sucedía ante mis ojos.

Yo no lo conocía. Compartíamos un recorrido ocasional. Un grupo bastante heterogéneo. Estaba a punto de descubrir que era mucho más heterogéneo de lo que suponía.

Esta persona a la que me refiero, de golpe, detectó a su inocente y descuidada víctima potencial. Se acercó displicentemente y con una frialdad pasmosa, tomó a ese pobre ser vivo y le arrancó la vida sin miramientos. Así, cruel y desalmado como suena.

Pensé que ante semejante alarde de salvajismo y teniendo a todos los demás por testigos, le iba a resultar suficiente. Pensé (iluso de mí) que ahí concluía su sadismo.

Qué equivocado estaba!

De haber previsto lo que ocurriría, hubiese tratado de detenerlo. O de huir para no llevar conmigo de por vida las imágenes que estaba a punto de observar.

Sin esperar que termine de escurrírsele la vida, este salvaje clavo descarnadamente su cuchillo, desgarrándole el cuerpo y antes de que podamos reaccionar comenzó a morder los pedazos que había cortado. De su boca chorreaba el vital líquido que manchaba, como una marca de culpabilidad, su cara y su camisa.

Crudo y aun tibio, mordía, desgarraba y masticaba con cara de satisfacción. Sin preocuparse por su víctima ocasional que, a su vista, no tenía ni derecho a la vida ni era merecedor de su cuidado o respeto.

Hay gente así para la cual, algunos seres vivos son simplemente una herramienta para su supervivencia y una vía para desarrollar su sadismo.

No puedo borrar esas imágenes de mi mente. Comprenderán que después de semejante acto de barbarie, mis hábitos alimentarios se vieron modificados.
Hoy, por más que haya pasado mucho tiempo, no puedo olvidar lo ocurrido y cada vez que veo una verdura o una fruta, vuelvo a ver la cara de ese salvaje que arrancó un durazno del árbol y ahí nomás lo cortó y lo comió.


Nosotros, los omnívoros, por lo menos cocinamos la carne, no la comemos sin dejar que la vida termine de escurrirse de su cuerpo como hizo ese… ese... cómo llamarlo? Iba a decir “vegetariano” pero no quiero ofender. Creo que el nombre políticamente correcto es “persona con capacidades gastronómicas especiales”.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Me dejaste esperando



Hacía tiempo que la esperaba.

Me estaba impacientando. La esperaba no por un simple capricho. Tenía algo que pedirle.

No soy un tipo ansioso pero la silla modernosa del bar-restó que había elegido, empezaba a resultarme incómoda. Buscaba con mi mirada alrededor, esperando cruzar su mirada con la mía.

No podía ni siquiera concentrarme en el libro que había llevado. Un libro pasatista, como para matar el tiempo sin necesidad de dedicarle demasiada concentración, pero su ausencia me hacía imposible avanzar siquiera un párrafo en la lectura.

Cómo puede ser? Acaso no entendió cuando la llamé? Necesitaba verla, que me preste un segundo de atención, decirle -pedirle, mejor dicho- lo que quería y listo. Después todo quedaría en sus manos.

Pero no venía. Por qué tanta indiferencia? Fue por algo que dije o hice? No lo sabía ni podía comprenderlo, en ese momento.

Es increíble cómo el tiempo pasa de manera diferente cuando te convertís en presa de la ansiedad. Los minutos se hacen horas y la garganta seca amenaza con silenciar tus palabras en el momento de la verdad.

Y yo seguía esperando.

No recuerdo si tenía indignación, enojo, desilusión o era un cóctel de todos estos componentes que me desanimaban y que, finalmente, me llevaron a tomar una decisión drástica.

Era claro que para ella yo no existía. No era importante. Ni siquiera valía un segundo de su tiempo. El error había sido mío. Me había equivocado por elegir mal. No vi cuál era mi lugar, mi verdadero lugar.

Tomé la única decisión posible. Agarré mi libro, me cargué al hombro la bronca y encaré para la salida.

Cuando estaba por salir del bar, como cruel burla del destino, se acercó finalmente ella: la "camarera" y con cara de "yo no fui" me dijo:

-Ay, sorry! Me iba a pedir algo, no?

Pensé en contestarle “Si, boluda. Hace media hora que espero para pedirte un puto café”, pero desistí. Seguramente no me iba a entender. 

Eso me pasa por elegir mal y no ir al barcito de siempre, donde un mozo como la gente entiende el simple pero efectivo gesto de "un café, por favor, Maestro!". 



martes, 23 de abril de 2013

sábado, 16 de marzo de 2013

Con la pluma y la palabra, última parte

Continúa el cuento que comenzó en el post anterior: 


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Un día por casualidad, como ocurre generalmente en los cuentos pero más en la vida real, Adrián descubrió la forma de terminar con esa tortura. En uno de los encuentros, mientras ellos lo torturaban con sus frases destructivas, escribió en una servilleta el nombre de aquel que le hablaba. Tomo la lapicera y casi como garabateando deletreó: W-e-r-d-a-h-e-i-n…

De golpe sintió una paz que hacía tiempo había olvidado: el nombre, puesto efectivamente en palabras y escrito sobre un papel, como una especie de corporización de su enemigo interno, había logrado lo que por años él mismo intentó sin éxito: matar al fantasma. Adrián notó como si, de golpe, disminuyera la presión que sentía en su cabeza.

No quiso alegrarse demasiado. No confiaba en el verdadero poder de lo que había hecho. Pero notó con sorpresa que lo que parecía imposible, era real: había matado al primer fantasma.

De a poco y con cautela, uno a uno, Adrián fue escribiendo en cada sesión de su cuarto cerrado, los nombres de todos ellos.

Fastolfian.
Rosingwor.

A medida que desaparecían, así caían las capas de su máscara. De a poco, fue mutando su personalidad.

Buttar.
Shalbloch.

El cambio era notable. Hasta en sus momentos de soledad, Adrián cambió sus intereses: comenzó a leer y escribir poesía.

Comenzó a interactuar y a preocuparse por quienes lo rodeaban. Pudo establecer relaciones más personales y directas y, contra todo pronóstico, pasados sus 46 años conoció a la que se convirtió en su mujer, pocos días después de acabar a fuerza de tinta y papel, con el último de sus fantasmas.
O, por lo menos, así creía él.

Al año de casarse, Adrián presenció con lágrimas en sus ojos, el nacimiento de su hija. Adrián, el desquiciado, el deshumanizado, el que no podía ni quería emocionarse, había llorado con lágrimas legítimas. Lejos de ser la persona que había sido, dio espacio a sus emociones y le abrió su corazón a ese ser que hoy tenía en sus brazos. Carolina, le puso. Quiso un nombre simple, de sonido dulce y poco ampuloso.

Inspirado por la mirada de su hija, volvió al cuarto casi olvidado. Hacía meses que no entraba. Después de todo, no tenía necesidad porque ya había acabado con los fantasmas.

O, por lo menos, así creía él.

Ese nuevo Adrián tuvo la necesidad irrefrenable de dejarle un legado a Carolina. Y comenzó a escribir una carta para ella. “Querida hija…” comenzaba.

Era una carta extensa pero sencilla. La escribió movido por su emoción e intentando dejarle sus consejos, sus experiencias y, sobre todo, su amor eterno e incondicional.
Escribía sin detenerse, hurgando en su memoria. Una memoria que ahora estaba libre y limpia, después de tantos años de tortura.

O, por lo menos, así creía él.

Lástima que la carta, en su última línea, decía “No olvides nunca que tu padre te ama, Carolina”.
Al escribir la última letra del nombre, comprendió su error. Por unos minutos dejó de respirar, rompió el papel y lo quemó, tratando de deshacer lo que ya estaba hecho.  

Tarde.

No se atrevió a salir. No quiso enfrentar lo que él mismo había hecho. Ese odio contenido se le había vuelto contra lo que más quería Lo único que quería, en realidad.

Supo que no le quedaba alternativa: tomó la lapicera y, lentamente, comenzó a escribir.

Atormentado.
Decidido y con los dientes apretados.
Retorciéndose entre la determinación la culpa y la duda.
Inflamado por dentro.
Asumiendo con plena conciencia lo que estaba a punto de hacer
N…

Y así terminó con el último de sus enemigos interiores.

O, por lo menos, así creía él.

Porque yo estaba allí siendo testigo pasivo y silencioso, tal como me había propuesto, de un final donde Adrián sería su propio juez y verdugo.

FIN


N.del A.: quien reconozca al personaje, puede arriesgar en los comentarios.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Con la pluma y la palabra (primera parte)



Los fantasmas, esos eternos enemigos de las almas atormentadas, suelen regodearse en los laberintos mentales de aquellos a quienes acosan.

Para quienes no encuentran paz en su vida, esos mismos fantasmas, adquieren la doble categoría de enemigos íntimos y fieles acompañantes.

Era el caso de Adrian, que escudaba sus miedos y torturas bajo una capa que bien podía ser considerada por quienes lo rodeaban, como la personalidad de un psicópata inescrupuloso.

Su cinismo, su frialdad y hasta el regodeo en el sufrimiento de quienes lo rodeaban era, sin dudas, su marca personal. Esa extraña forma de entender el poder que tienen aquellos que encuentran en el sufrimiento ajeno un pequeño consuelo a sus propios miedos y dolores. Sentimiento que jamás (jamás!) estaría dispuesto a mostrar o reconocer ante otros.

A la luz de todo lo sucedido finalmente comprendo que esa personalidad  no era más que una fútil máscara. Era, hoy lo entiendo, el arma con la que podía luchar contra esos fantasmas. Esas entidades internas que torturaban su mente, demostrándole día a día, el pobre concepto que tenían acerca de su persona.

En un punto Adrian buscaba de manera constante pero infructuosa, las armas para exorcizarlos. Más lo intentaba, más se encarnizaban en su proceso destructivo.

La máscara, que era su personalidad pública, jamás dejo traslucir el dolor y la tortura que implicaba tener al enemigo dentro suyo. Nunca pudo poner en palabras lo que le ocurría. Con el esfuerzo que implicó establecer esa imagen fría y calculadora, no podía mostrar ningún signo de debilidad. Menos que menos frente al Directorio que usufructuaba su personalidad y su psicosis, sin pagar el costo de ser la cara visible de las decisiones más incómodas y difíciles.

Cada fantasma tenía su nombre. Nombres épicos y algunos casi impronunciables con los que Adrián se refería a sus torturadores en sus diálogos internos. Fastolfian, Werdahein, Rosingwor, Buttar, Shalbloch… La lista era extensa... e implacable.

Esos diálogos se desarrollaban en un cuarto que Adrián había acondicionado especialmente para esos encuentros: cerrado, insonorizado y en penumbras. Como si fuera una versión tridimensional del retrato de Dorian Gray, Adrian salía del cuarto, luego de cada encuentro, físicamente agotado, anímicamente destrozado, pero con su máscara pública reforzada y su alma endurecida. 

Estos encuentros, lejos de destruir o aunque sea debilitar a sus fantasmas los multiplicaban y fortalecían...


viernes, 1 de febrero de 2013

Para hacerla corta... 2da. entrega.


El post anterior planteaba qué significa exactamente lo que decimos cuando, por hacernos los simples y directos, no somos del todo explícitos.

Los temas son de lo más variados y muchos se escudan en ser directos para poder obviar el ser claros. Yo entre ellos.

En este caso: te cuento que decidí cortar con mi tendencia a la procrastinación

Es decir:

  • Me levanté temprano
  • Armé la lista de todas las taréas pendientes
  • Las dividí por orden de prioridades
  • Después las reordené por afinidad de temas
  • Después las reagrupé por orden alfabético
  • Después me di cuenta que no me acordaba de qué forma los había ordenado
  • Después noté que tampoco me importaba
  • Los volví a ordenar pero por orden de aparición
  • Arranqué con el primer ítem de la lista
  • Le puse mucha garra para terminarlo
  • Me empecé a aburrir
  • Jugué a armar anagramas con la lista de pendientes
  • Me dio hambre
  • Me hice el desayuno
  • Recordé que había visto una receta muy rica para la hora del almuerzo
  • La busqué por internet
  • Vi que tenía mensajes en Facebook
  • Lo quise comentar en twitter
  • Me mandaron otras versiones de la misma receta
  • Me faltaban ingredientes (ver por qué)
  • Me fui al super
  • Compré un montón de cosas que no necesitaba
  • Me dieron un cupón de descuento para el cine
  • Me fui al cine
  • Se me pudrieron las cosas de heladera que compré
  • Quise anotar en la lista para mañana volver al super para comprar lo que se me pudrió y poder hacer la receta que quería
  • Ya no sé en qué orden poner esto en la lista
  • Quedé agotado
  • Me voy a dormir y mañana veo


Para hacerla corta: decidí cortar con mi tendencia a la procrastinación.


sábado, 26 de enero de 2013

Para hacerla corta.




No siempre decimos las cosas tal cual son. Por lo general resumimos todo en un enunciado general que suena bien pero que oculta el verdadero devenir de las cosas.

Vamos a ilustrarlo con un ejemplo, para que quede más claro:


Te cuento que empecé a hacer vida sana. Es decir:

  • Compre productos light.
  • Llené la heladera de frutas y verduras.
  • Dejé de comprar gaseosas.
  • Dejé de comprar facturas y pan.
  • Dejé de comprar carne grasosa.
  • Me compré una balanza para medir lo que cocino y como.
  • Me compré un medidor de líquidos y sólidos.
  • Me compré zapatillas para correr.
  • Me compré remeras para correr.
  • Me compré shorts para correr.
  • Tomo como 3 litros de agua por día.
  • Me la paso yendo al baño.
  • No me gusta lo que como.
  • Me hincha las pelotas estar midiendo, pesando y calculando para cocinar.
  • Idem para comer.
  • Extraño una buena hamburguesa/milanesa/guiso.
  • Corro 15 metros y se me sale el corazón por la boca.
  • Termino el día con hambre, cansado y me duele todo el cuerpo.
  • Estoy de mal humor, insufrible y todo me cae mal.
  • Se me empezaron a pudrir las frutas y verduras en la heladera.
  • No me preocupo. En realidad, me alegro.
  • Empiezo a rescatar teléfonos de delivery de pizzas y empanadas.
  • Tiro/regalo/dono/vendo todo lo que tenga que ver con la dieta y el ejercicio.


Para hacerla corta: empecé a hacer vida sana.

jueves, 3 de enero de 2013

La falacia de la vida sana.



Estamos rodeados. No hay nada que podamos hacer.

Miren alrededor y podrán confirmar que no tenemos opción. De a poco están haciendo caer los últimos bastiones que aún nos quedan a los cultores del exceso y la vida “low bat”.

Comida? Debe ser sana, light y medida. Bebida? No exageres: 1 vaso (2 a lo sumo!) y listo. Sexo? Bien, gracias. Descanso y relax? Vade retro, Satanás! Pensar en una buena siesta o en un fin de semana dedicado a la fiaca es, hoy por hoy, lo más cercano a la apostasía.

Qué nos queda? Cuál es el último refugio del sibarita? (Aclaración: por “sibarita” me refiero a “gordo que le gusta comer rico y abundante”).

Las huestes de la vida sana, sacaron a los alimentos reales de las góndolas de los otrora ricos en hidratos supermercados e inundaron nuestras vidas con ideas subversivas (como llevar las verduras a la categoría de plato principal cuando todos sabemos que sólo son una mera guarnición, un adorno en el plato). No contentos con eso, han reclutado como agentes de control y  difusión a nuestras mujeres, quienes al grito de “No te parece que es suficiente?” tiran por tierra esos sublimes momentos dedicados a la cata continua e ininterrumpida de manjares reales.

Hace un tiempo se me ocurrió cuestionar el concepto de “somos lo que comemos”, no por el concepto en sí, sino por la teoría subyacente que considera que es mejor ser una berenjena que un chivito. Los comentarios que recibí me demostraron claramente que el exceso de vegetarianismo provoca incremento de la agresividad interpersonal.

Por otra parte, creo que llegó el momento de echar por tierra la teoría de que “salir a correr es bueno para la salud”. Créanme: yo lo intenté varias veces y nunca me sentí peor que después de correr algunas cuadras. Por otra parte, el arquetipo de los corredores son los maratonistas. Ahora, alguien vio a los campeones de maratón? Les da la imagen de una persona sana? Uno no sabe si darles la medalla o un suero.

La verdad es que no tengo nada en contra de los promotores de la vida sana e insulsa. Lo único que les pido es que no me comparen una buena parrillada con una ensalada completa.

Y para los que sigan insistiendo, tengo sólo un comentario: los Rolling Stones están vivos. Si eso no derrumba todas sus teorías, no tengo más nada que decir.