viernes, 14 de enero de 2011

La vida de los objetos


Cada día estoy más convencido: los objetos tienen vida propia. No sólo eso, además nos mandan claros mensajes que nosotros, desde nuestra comodidad, elegimos no escuchar.
No todos son iguales ni tienen la misma personalidad (a la que nos referiremos como “objetalidad”, en este caso).

Por un lado tenemos algunos que, desinteresadamente, nos ayudan y cooperan para hacer nuestra existencia más llevadera. Es el caso de las pantuflas. Alguna vez bajaron los pies de la cama y estas humildes servidoras habían desaparecido? Nunca! Y esto es porque saben que su importancia está en que nuestros pies se acomoden plácidamente en su interior. Por qué razón, si no, las cómodas pantuflas adquiridas cuando calzábamos un modesto 38 siguen prestando servicio cuando ostentamos un maduro 42? Porque se adaptan y prefieren perder la forma, sacrificando su estética personal, antes que dejarnos en banda. Mis respetos a estas humildes y anónimas servidoras de la humanidad. 
En esta misma categoría podemos encontrar: las herramientas para hacer el asado, heredadas probablemente de un padre o un tío, donde el cuchillo no corta ni el tenedor pincha pero están ahí, al lado de la parrilla y no se nos ocurriría cambiarlos: eso sería un acto de deslealtad.

Hay, claro está, algunos que acompañan. Ni ayudan ni joden. Están y eso es suficiente. Uno sabe que no tiene que pedirles demasiado porque tienen sus limitaciones. Son como ese amigo bueno y fiel pero un poco tonto: sabes que no le da para mucho pero sólo el hecho de estar te reconforta. En esta categoría entran esas remeras viejas, ya gastadas, medio amarillentas, que siempre están a mano cuando necesitas algo cómodo y sin estridencias. El peligro que corren estos objetos es el de encontrarse con la novia/esposa del legítimo dueño. A partir de ahí sus días estarán contados. Puede no ser hoy ni mañana, pero algún día, al buscarla, no veremos más lo que queda de nuestra querida “Sal en a las ball nas”. La misma suerte que el amigo de soltería. 
En esta misma categoría podemos encontrar: el gorrito del Capitán Piluso que aun hoy lo usamos de vez en cuando, un cepillo de pelo que le quedan pocos dientes y menos mango (para ellas) y el calzoncillo jetón (tabién llamado “calzoncillo rumores”, porque hace correr las bolas).

Pero no todo es tan noble. Hay objetalidades oscuras que nos rodean y desde la inimputabilidad de su propia condición, nos provocan y complican nuestra existencia. Son generalmente objetos que deberían prestar un servicio pero que, lentamente, se van adueñando de nuestra voluntad y terminan por jugar con nosotros un juego perverso. Si, señores, me refiero al maquiavélico control remoto.  Primero llegó, casi con timidez, y con aparente humildad se fue metiendo en nuestra vida y nuestras costumbres. Hoy, la frase más popular en cualquier hogar que se precie es “Dónde quedó el control?”, mientras la familia a pleno lo busca. Ya nadie piensa en acercarse al televisor y realizar el cambio  a mano. Me atrevería a decir que la mayoría de la gente no tendría idea de cómo hacerlo. Y mientras tanto, escondido en algún rincón, este macabro personaje se ríe de nosotros y nuestra infructuosa búsqueda hasta que se aburre del jueguito y aparece… en el mismo lugar donde lo buscamos varias veces. 
En esta misma categoría podemos encontrar: el termómetro que aparece siempre que uno no lo necesita y juega a las escondidas ante el menor atisbo de fiebre, las llaves que tienen un espantoso manejo de la oportunidad y desaparecen cuando más apurado está uno por salir y las pilas que se declaran en paro (sin movilización) y generalmente lo hacen en horarios que no hay kioscos cerca para reponerlas.

Por muchos años se alimentó la idea apocalíptica que las máquinas inteligentes (computadoras, robots, etc.) se rebelarían tomando control de la humanidad. Yo creo que la cosa es distinta: la rebelión vendrá de parte de objetos mucho más simples y comenzó hace ya varios años.

Tengo la impresión que la dupla control remoto-pilas es de temer y son ellos, precisamente, los cabecillas de la rebelión.

Saludos!

8 comentarios:

  1. Huber:
    Tengo una objetalidad que atenta contra la salud y la vida en pareja...el AUTO.
    Desde que empecé a tener auto mi vida no fue igual, primero me hizo subir de peso, me lleva cómodamente a todos lados favoreciendo que la grase se asiente en mis arterias.
    Luego arruinó sucesivas parejas porque por ejemplo, el auto no me permite ir a lomas de zamora y tirarlo en la calle.
    Le tengo que dedicar horas valiosas de mi vida buscando estacionamiento, en el mecánico, en la gomería, estación de servicio, etc.
    Sin embargo, esta objetalidad tiene una rara atracción, a pesar de todo lo antedicho, de haber arruinado mi vida sigo queriéndolo. También esta objetalidad tiene relación inversamente proporcional con el tamaño de mi miembro...por eso mi auto es pequeño...
    jeje
    Saludos,
    Dami

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  2. Huber,

    adhiero a lo dicho por Dami en su comentario. El auto tiene la rara capacidad de generar celos en el universo femenino y, como nosotros somos jodidos, siempre elegimos a quien no nos plantea ultimatums. Sépanlo féminas: si plantéan "el auto o yo", fueron!

    Salú!

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  3. Yo con el auto, no tengo drama, el tema es el lugar en el placard!!

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  4. Dami: es cierto. El auto tiene una influencia central en nuestras vidas. Para mi, merece un análisis aparte pero sin dudas está metido en la rebelión.

    Dario: no hay nada que hacer, no nos gusta el ultimátum y el auto sabe cuándo mantenerse callado.

    Anónimo: yo no tengo ese problema. Ya renuncié a tener espacio propio y me conformo con lo que me den.

    Saludos!

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  5. La billetera/portadocumentos. Sin lugar a dudas, socia y cómplice de las llaves.
    Mi eterno desagrado para con ella!!!

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  6. jajjajaaj... totalmente de acuerdo. El mundo lo dominarán los objetos mas simples... no las maquinas. Ahora veo a mis pantuflas con otros ojos.

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  7. Socorro!!! Soy víctima de las puertas: no hay vez que empuje o tire que no me equivoque. Para mi, las puertas nos manejan telepáticamnete para que hagamos lo opuesto de lo que hace falta. Y entre ellas se ríen de nosotros. Chotas!

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  8. Ojo con el tema de la billetera, no será que te están afanando?

    Joe, las pantuflas son las más dóciles. De todos modos tratá de seguir mirándolas con tus ojos. Miraralas con otros te cambia la perspectiva...

    Las puertas son jodidas y sádicas. Sobre todo las que son transparentes y atentan contra las narices de los distraídos.

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