martes, 21 de diciembre de 2010

Felices vacaciones, o no tanto


Cansado de lidiar con la ciudad y su polución decidí alejarme y dedicar, junto a mi familia, unos días para disfrutar de las ventajas de la vida en la naturaleza.

En pocos días nos decidimos, elegimos el lugar y el camping donde nos haríamos uno con la Madre Tierra y podríamos transmitir a nuestros hijos la experiencia de descubrir esa conjunción entre el hombre y el mundo que lo rodea. 

Preparamos la carpa, la heladerita, las ollas, las sillitas, la palita, las bolsas de dormir, los colchones inflables… y tantos etcéteras más que  por poco creí que no entrábamos nosotros en el auto. Y ahí partimos, a pasar las fiestas de fin de año de manera natural y relajada.

Fue llegar y darnos cuenta que habíamos tomado la decisión correcta. Para qué encerrarse en un hotel pudiendo disfrutar de el verde y el aire puro? Sólo alguien con muy poca sensibilidad podría comparar un frío hotel con la calidez de la carpa y la vida al aire libre. Lo lamento por ellos.
Ya desde el segundo día me empiezo a levantar muy temprano. Me resulta un tanto difícil dormir una vez que sale el sol (sabían que la carpa no tiene aire acondicionado?). Igual, me encanta sentarme a tomar un mate tempranero. Más tempranero que durante el resto del año pero, cómo no disfrutar del canto de los pájaros que nos acompañan apenas el sol nos da los buenos días? Nada de bocinazos, ni gritos. Ni tele… Qué cosa! Aunque, seamos sinceros, un poco me falta  la querida pantalla transmisora de boludeces escapistas. Decí que acá no tengo nada de qué escaparme. O si?

La gente del camping es gente distinta. La onda es compañerismo a full. Nada de encerrarse y no conocer a quien está al lado tuyo. Todos nos saludamos y ni bien llegamos ya conocemos nuestros nombres. Cómo se puede vivir en el aislamiento que vivimos todo el año? Por suerte, como nos olvidamos la radio, los vecinos nos regalan su música, para hacer más llevadero el día.

Les conté que mis hijos están encantados con todo lo que aprenden? Miran, exploran y descubren cada día cosas nuevas. Un montón de bichos de los que nunca habían escuchado hoy están al alcance de su mano. Claro que ellos están a su vez al alcance de los mismos bichos. Además parece que los muy turros se ríen de los repelentes que trajimos porque lo único que conseguimos es oler a veneno en aerosol de la mañana a la noche. En realidad, a la noche cuando tengo que prender el fueguito para cocinar, ya dejo de oler a veneno para andar por la vida asemejandome más a un frasco de jabalí ahumado. Mañana no pienso encender ese fuego de mierda. O se come ensalada o buscamos algún local de hamburguesas cercano. Y que tenga aire acondicionado, joder.

Mis hijos empezaron a mirarme con cara de odio. Mi mujer no. Ella ni siquiera me mira. Ahora que presto atención, yo pensé que de puro enojada no me hablaba pero me parece que se fue hace un par de días a un hotel cercano para poder dormir en un colchón de verdad que no se desinfle en la mitad de la noche.

Tengo hambre. Tengo sueño. No soporto escuchar a esos pájaros hincha pelotas que no paran de joder con sus cantitos de mierda. Ojalá tuviera una gomera y que Greenpeace se vaya a la puta madre que lo parió. De paso que se lleve a todos los bichos que me rodean y cuya única función en el mundo es cagarme la vida. De tantas picaduras me fui deformando a pura hinchazón y coloración púrpura.

El tema del baño es una cuestión aparte. Una cosa es la buena onda del camping. Otra muy distinta es compartir el inodoro con varios cientos de ilustres desconocidos. A esta altura mi organismo decidió ejercer su derecho constitucional a la huelga. El día que retome actividades... todo puede suceder.

A esta altura, estoy harto de la gente del camping, su puta “alegría de vivir” y la estúpida manía de compartirlo con todos. Sobre todo los pendejos de la parcela de al lado que a fuerza de insistir creen que conseguirán volverme adepto al reggaetón. No se si conocen esta tortura auditiva de forma pseudo musical, pero es como un machacar constante con letras que, por lo menos este año, no las van a postular al Nobel de Literatura.

Tanto insisten los vecinos de parcela con esta lobotomía musical que estoy a punto de responder a sus pedidos:
  • Si me sigue pidiendo que le de más gasolina, les juro que se la voy a dar: vía endovenosa y con un fosforito de regalo.
  • Otro insiste con el reclamo de “tu me dejastes caer” (así, con “s” final). No querido, no te dejé caer pero con gusto te tiraría de un quinto piso.
  • El tercero está dale que va con “dame duro, dame duro, Papi,dame duro”… dame un ratito que agarre una rama medio gruesita y te la parto en el marote, a ver si seguís pidiendo que te de duro, chatumadrelopariocarajo!.

Por suerte, parece que se termina. De puro cabeza dura no quise aflojar y volverme antes. Si dije que me iba de camping, me la banco hasta el final. Un compromiso es un compromiso.
Mañana arranco temprano: desarmo la carpa, limpio la parcela, guardo toooooodas las porquerías que traje, vuelvo a cargar el auto, paso por el hotel a buscar a mi familia y, si todavía quieren venir, vuelvo a casa con ellos.

Tengo unas ganas de volver! Ando con un poco de nostalgia. Me falta el smog de Buenos Aires, dormir en mi colchón, cocinar en una cocina de verdad, el aire acondicionado, los bichos que responden al repelente, despertarme un poco más tarde…

Felices vacaciones!!

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Hace falta que te diga


A veces admiro a aquellas personas que sin ningún tipo de prejuicio dicen lo que les nace y consiguen abducir de la neblina de lo probable una situación determinada, trasladándola al mundo de lo posible. 
No es mi caso. Por lo general a mí las palabras precisas y las acciones correctas me llegan con una demora de varios minutos.

Sabiendo todo eso, no albergué falsas esperanzas. Te vi mientras esperaba mi turno y supe en ese momento que no iba a tener el coraje de decirte nada. Ni siquiera de darte a entender lo que pasaba por mi cabeza.

Dejé pasar los minutos mientras observaba cómo te atendían y el tiempo que te dedicaban. Escuchaba cada una de tus preguntas, tus comentarios y tus consultas.

En mi cabeza, se generaban imágenes de lo que podría suceder si, finalmente, pudiera sobreponerme a mi natural timidez y le diera espacio a las palabras y las acciones que nunca me atrevo a sacar a la luz. Las mismas que luego me quedan grabadas en mi cabeza como oportunidades perdidas.

Por qué creía que esta vez podría ser distinto? En definitiva yo seguía ahí parado, dejando pasar el tiempo, mirándote y escuchándote.

El tiempo se hacía interminable y comencé a notar que ya no podía aguantar mucho más. Estaba seguro que, si seguía viéndote y teniéndote tan cerca,  finalmente haría y diría lo que por el momento sólo me atrevía a imaginar: agarrar la silla que estaba al lado mío y partírtela en la cabeza al tiempo que te gritaba “Escuchame, pelotudo, no te das cuenta que hace 2 hras que te están atendiendo y vos no pará de hacer peguntas sin sentido? No ves que hay una cola de 20 personas que están perdiendo la paciencia y vos seguís dale que dale y preguntando una y otra vez lo mismo? Dejate de joder, llevate lo que viniste a comprar o no lo compres y dejá que atiendan a los demás. O no ves que hasta la empleada está a punto de echarte a patadas del negocio?”

Pero no. No me atreví a decirle nada y el muy hijo de puta se fue tranquilo. Hasta me atrevería a decir que se fue contento, con una leve sonrisa de satisfacción por hacernos perder el tiempo.

Qué problema ser tan tímido.

Saludos!

viernes, 3 de diciembre de 2010

En boca cerrada...


Resultó ser que pasó el tiempo y el Dr. I llegó al final de su función. Este momento implicaba una larga serie de despedidas. En realidad, ni tan larga como él hubiera querido, ni tan corta como hubiese merecido.

El tema es que muchos de los obsecuentes y leales soldados de la incompetencia, revoloteaban a su alrededor compungidos y con cara de circunstancia. Estos guardianes del Dr. I, les asestaban una mirada gélida y reprobatoria A todos aquellos que no compartían su sensación de pérdida, como si su alegría fuera un acto de alta traición. Defensores de lo indefendible, entiendo su frustración y su malestar al verse privados de la fuente y justificación única de su permanencia en el cargo.

Entre los parias de la Administración I, se encontraba uno que, por obra y gracia de su propia incontinencia verbal, solía quedar siempre en “orsai”: o decía lo que no correspondía o en el lugar y ante el público equivocado.

Si el hubiera podido, aunque sea a veces, mantener la boca cerrada, se habría evitado varios problemas, pero le resultaba muy difícil. Extrañamente, los sujetos de sus comentarios no solían recibir sus ataques de verborragia con alegría. Su falta de filtro le había deparado, en el pasado mediato e inmediato, desde ser incluido en “listas negras” hasta despidos, pasando por incómodas situaciones laborales. Esto refuerza mi postura acerca de lo poco honesto del pedido de honestidad, valga la contradicción.

No me malinterpreten, no se arrepentía de haber dicho, en su momento, lo que dijo. Intentó muchas veces ser menos consecuente con su idea y mas obsecuente con el sujeto de sus críticas, pero no pudo. No le dio el estómago. Es cierto que, en algunos casos, podría haberse quedado callado. En otros era imposible y las palabras le salían demasiado directas.

Esta fue la situación en la despedida del Dr. I, que en su actuación profesional fue, a juicio de varios colegas, superiores y subalternos, como un viejo tractor: poca  capacidad de trabajo, lento y de pocas luces…

En la despedida, hablaron muchos. No podía sumarse a la larga lista de halagos vacíos, en su mayoría destacando su lado humano (comprendan que había muy poco que decir de su lado profesional). Por otra parte y basado en las experiencias que ya les comenté, no podía ser totalmente honesto.

Cuando notó que no podía evitar hablar tuvo que tomar una opción de compromiso. Llegaba el momento y, después de pensarlo mucho, entendió lo que debía decir.

Tomó aire y con su mejor cara de poker, arrancó: “No voy  a repetir lo que ya han dicho quienes me precedieron en el uso de la palabra, pero quiero agregar algo. El Dr. I tiene una característica que lo distingue: es absolutamente transparente. Ustedes ven exactamente lo que él es. No hay nada escondido ni oculto. Ni en lo personal, ni en lo laboral. Y permítanme agregar que, haber trabajado con él, para mí fue una experiencia inolvidable. Le deseo en el futuro, todo el éxito y el respeto que se merece por ser el tipo de persona que es.”

A lo mejor se pasó un poquito pero el Dr. I recibió esas palabras con una mirada de satisfacción y agradecimiento que confirmaron las sospechas de todos: el hombre es un viejo tractor.