sábado, 2 de octubre de 2010

Luz verde para el show masivo



La verdad es que andaba medio bajón. No encontraba cómo pegar el salto y llegar al gran público.

Todo bien con los lugares donde estaba haciendo mis monólogos. A decir verdad, me encantan los clubes de comedia chicos, con poca gente y donde se genera ese ambiente íntimo y en los que la energía, desde y hacia el escenario,  circula de una manera increíble.

Pero, a decir verdad, tenía ganas de masificar un poco lo mío. Quería encontrarme cara a cara con muchísimo público y, para que negarlo, con más plata. Así fue que empecé a averiguar y me interioricé acerca de otras opciones y lugares.

Me puse en contacto con artistas de mucha mayor exposición y me interioricé del cómo, el cuándo y, sobre todo, el dónde. Traté de nutrirme de su experiencia y sus consejos. No es sencillo saltar de un público modesto a exponerse de golpe ante miles de personas.

Me preparé con muchísima dedicación. Arme, pasé y repasé mi monólogo sabiendo que era la gran oportunidad. Por más que trataba de sacarme de la cabeza la presión y me repetía hasta el cansancio que debía tomarlo con tranquilidad, pensar que tanta gente me vería y que tenía muy poco tiempo para ganarme al público, no ayudaba. Para nada.

Finalmente llegó el día. Respiré hondo, tomé mis cosas y salí de casa. Tenía la sensación de que iba a hacer historia. Uno, en estos casos, no sabe si es premonición o simple expresión de deseo. A esa altura poco importaba, las cartas estaban echadas.

Cuando llegó el momento, me paré, y en pocos segundos traté de atrapar la atención de ese público difícil, poco comprometido y hasta indiferente. Hice lo que tenía preparado, ensayado y asegurado. Incorporé todas las enseñanzas y consejos de aquellos a quienes consulté. No podía salir mal.

Pero, por Dios, qué mal que me fue! Si alguien busca la definición de “Fracaso”, lo que pasó ese día es el ejemplo perfecto.

Mi primer impulso fue la autocrítica destructiva: busqué todos y cada uno de los errores que cometí al escribir, pulir y armar mi monólogo. Después me di cuenta que a lo mejor el error estaba en otro lado.

Repasé todo lo hecho: momento, lugar, timing… finalmente encontré la respuesta. Para Stand Up, lo mejor es un teatro o un bar. El semáforo, por más cantidad de gente que pare, mejor se los dejo a los malabaristas.

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