viernes, 30 de abril de 2010

Cazador





Es el instinto. Esa herencia antiquísima, de tiempos inmemoriales que uno, por haber nacido y crecido en un ámbito urbano, creía perdida para siempre.

Lo raro es que en el momento menos esperado y cuando la necesidad acucia, renace ese conocimiento alojado vaya uno a saber dónde.  La adrenalina corre y todos los sentidos se orientan a la caza y la supervivencia.

Desde el reconocimiento del terreno, la búsqueda del mejor lugar para conseguir el objetivo y el análisis, de un vistazo, de los posibles enemigos. La competencia es feroz, así es nuestra naturaleza. Hay quienes actúan solos, otros en grupo pero todos orientados a lo mismo: conseguir la ansiada presa.  No siempre es una cuestión de fuerza, muchas veces los competidores aparentemente más débiles hacen valer su experiencia y algún pobre incauto se queda, de golpe, con las manos vacías y la frustración fresca.

A veces se da la suerte del novato, pero a medida que uno suma experiencias, los sentidos se agudizan y de manera natural uno se ubica en la posición correcta para que, en el momento oportuno… zas! Se pueda dar el zarpazo certero, incluso ganando la posición a quien, con menos experiencia y más inocencia, queda en el camino.

Y está, no lo olvidemos, el peligro marginal. La regla de oro sería: no pierdas el foco pero tampoco dejes de mirar lo que ocurre a tu alrededor. Muchos por no ceder terreno, perdieron mucho más y todavía se están lamentando. Es parte del riesgo del cazador solitario.

Claro que hay ciertas reglas. Determinados cazadores, tienen preeminencia y uno, por más que lo haya ganado en buena ley no puede (no debe en realidad) pasarlos por alto.
Pero fuera de eso, es realmente lo que conocemos como “la ley de la selva”. Y así debe ser.

Llegó la hora. Es el momento de salir y yo ya estoy listo. Alerta, preparado y con los sentidos muy bien orientados: apenas saque el boleto, veo dónde me paro para conseguir un asiento. Espero que no se me suba al lado ni una vieja ni una embarazada que siempre me descalabran el análisis de situación.

Me rompe las pelotas viajar parado en el bondi.

martes, 27 de abril de 2010

Descubrimiento inesperado


R. Isaías Covam se sobresaltó. Era la primera vez que veía algo así. Extremando precauciones, pasó la mano por encima de ese artefacto y notó algo distinto. Le gustaría decir que “sintió” algo distinto, pero prefería atenerse a la exactitud de las palabras.

Nunca había visto algo similar, no estaba preparado para analizarlo y mucho menos para entenderlo. Su cabeza intentó ponerle nombre pero sólo resonaba la palabra “anacrónico”.

Volvió  a intentarlo. Se acercó, estiró la mano con cuidado, acercándola lentamente mientras se concentraba en lo que pudiera ocurrir. Todo lo circundante, para él, desapareció. El foco estaba puesto en ese elemento desconocido. 


Y volvió a pasar. Exactamente igual. 


Qué era eso? Por qué pasaba lo que pasaba? Miró alrededor y trató de encontrar quién le hacía semejante broma. Nadie. De todos modos, quién hubiera podido intentar bromear con él? El sentido del humor no era uno de sus fuertes. De hecho, pese a haberlo intentado, nunca pudo asimilar los principios básicos del humor. Mucho menos del sarcasmo. Era casi una broma obligada: si Isaías no lo entiende, seguro que es sarcasmo. De todos modos, eso jamás lo afectó.

Pero esto era diferente. Significativamente diferente. Trató de entender, de manera empírica y recurriendo a lo que ya sabía, cómo manejar (y manejarse) con semejante artefacto. 


Podría encenderlo? Sería seguro hacerlo desconociendo las consecuencias? Y fue exactamente esta pregunta la que le dio parte de las respuestas. Precisamente si no fuese seguro, era él quien debía asumir el riesgo. Así estaba determinado desde… desde cuándo? Ni él sabía. Pero poco importaba en ese momento.

La decisión estaba tomada y él, con una resignación propia de quién afronta lo inevitable y con la convicción de hacer lo correcto, tomó el objeto de sospecha y arriesgó todo por descifrar el enigma. Vio la tapa, raída y desgastada sin nada que identifique lo que encontraría adentro y en una acción inmediata que pareció durar horas, la abrió.

Nada.

No pasó nada! Ya era demasiado extraño encontrar el objeto. Aún más extraño abrirlo y que no haya ninguna reacción. Fue ahí, en ese preciso instante, que descubrió la trampa. Sus ojos hicieron contacto con las palabras escritas en ese material delgado y desconocido y ya no pudo parar. Las palabras se sucedían con una velocidad vertiginosa mientras él grababa cada una de ellas y se iba metiendo dentro del texto, sintiéndose parte de la historia. Jamás había tenido un libro en la mano y esto lo hacía más apasionante, si podemos hablar de pasión en alguien como R. Isaías Covam.

Capítulo tras capítulo se involucró en la historia, se vio a sí mismo en el cuerpo del protagonista, entendió sus motivos, sus deseos y sus contradicciones. No podía evitar la identificación. Los unía mucho más que algunas hojas, tinta y una sucesión de palabras hilvanadas. Había una conexión directa entre ambos: él, Isías, también era un robot. Era la primera vez que leía la historia de otro robot. Estaba seguro, incluso, que él era el primer robot que hubiera leído alguna vez un libro. Por lo menos en su generación, muy lejana a la era de los libros impresos.

Cerca del final, Isaías entendió la constante dicotomía del lector apasionado: por un lado desea conocer el desenlace de la historia y por otro no quiere que se acabe la magia de la lectura, ese camino por el que el autor lo lleva. Un viaje de mutuas convenciones: el autor, mintiendo una "historia real" y el lector, haciendo de cuenta que le cree.

Pero llegó la última página. Una profunda y extraña sensación lo envolvió y, contra todo pronóstico y toda lógica, lloró. Lloró por el final de Andrew Martin, lloró por la emoción recién conocida de la lectura y porque en ese “Hombre Bicentenario” se reconoció a sí mismo, a sus deseos más profundo y ocultos y porque le pareció que desde la contratapa, la foto de ese hombre canoso y sonriente llamado Isaac Asimov, le hacía un guiño de complicidad como si entre ellos hubiera más que una sincronía anagramática.

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Yo se que no es el estilo clásico del blog, pero le quise dar espacio a mi costado nerd.

Algunos datos: Isaac Asimov (1920-1992) fue uno de los autores más prolíficos de la historia, abordando temas desde Ciencia Ficción hasta divulgación científica, pasando por novelas policiales e investigación histórica. En sus relatos y libros de robots presentó la idea de las 3 leyes de la robótica El texto de referencia “El Hombre Bicentenario”, es un clásico que llegó incluso al cine con Robin Williams como Andrew Martin. Toda la saga de la Fundación está íntimamente ligada a los robots, clave para la historia que se relata.
Mi propio "viaje de ida"  comenzó leyendo un cuento llamado “La última pregunta” y, desde ese momento no hubo retorno. Soy un fanático lector de Asimov.

viernes, 23 de abril de 2010

De adicciones y visiones



Soy adicto. Una adicción en la que fui cayendo de manera lenta e inexorable. Si, como suele ser en estos casos, decido patear la pelota afuera y decir que la culpa de mi adicción es de otros, sin dudas culparía a mis padres. Tanto trataron de alejarme que cuando me encontré finalmente con el objeto de mi adicción, ya no pude despegarme. Pasó a ser no una necesidad, sino parte de mí.

Me costó reconocerlo como adicción. Yo, como supongo le sucederá a todos los adictos, entendía esto como una necesidad orgánica y me engañaba pensando que era yo quien decidía cuándo y dónde. Hasta que entendí que la relación de fuerzas había cambiado: pasé de ser conductor a conducido, de buey a carreta. Dejé de decidir la hora del día en que arrancaba y cuál sería el momento en que debía parar.

Mientras estudiaba, estaba enganchado. Me despertaba ya compartiendo mis primeros minutos del día con mi adicción. Me atontaba, me cegaba, cuando estaba en plena dependencia, mi atención quedaba totalmente bloqueada. De lo que me rodeaba ni distinguía ni voces ni, sonidos, ni… en fin, nada.

Cuando durante un tiempo tuve una abstinencia forzada, iba a la casa de amigos donde, por lo menos en pequeñas dosis, podía calmar el síndrome.

Si bien desde que fui entrando en esto, cada vez hay más oferta, lo que se consigue es de baja calidad y hay que rastrear para poder encontrar algo que no resulte tan nocivo. Pero es tanta la necesidad que generalmente uno baja las expectativas y lo que hay, sirve.

Asi que hoy, aprovechando esta herramienta, lo reconozco: soy adicto a la tele. Si no hay una TV cerca, me vuelvo loco. Necesito tenerla prendida y saber que está.  Soy incluso capaz de poner un partido de futbol… (Créanme, esto es un recurso extremo). Sin la tele me falta algo. Incluso cuando me quejo, protesto y puteo porque “no hay nada para ver”, la dejo prendida en esa mismísima nada. Es más, llego a tal grado de abstracción que me podrían operar sin anestesia, sólo con la tele prendida. Siempre y cuando no hagan mucho ruido y pueda escuchar el programa que esté mirando.

La gente que nació en la época del cable, no sabe lo que un adicto como yo tuvo que pasar. Imaginen que, cuando era chico, quedarse en casa y prender la tele implicaba una larga espera de nada hasta que se hacía el milagro y aparecía… “Telescuela Técnica”: 2 chabones con guardapolvos grises hablando de mecánica, tornería, carpintería… una mierda. Y luego, espera mediante, los precursores de MTV: la señal de ajuste con música de Ray Coniff o similar de la misma categoría.

Sólo llegando al límite de la paciencia uno podía disfrutar de “Los tres chiflados” o “El Zorro”. Llegué a la conclusión que no es que sean tan buenas estas series sino que, dada la alternativa, gozaban de amplias ventajas comparativas. Tristes y monocromáticas épocas, sin cable y con sólo 4 canales (5 para los afortunados que podían agarrar canal 2) y además había que pararse para cambiar de canal, acción hoy considerada cuasi blasfema. Épocas donde tener buena imagen implicaba varios y vanos intentos de redirigir la antena para que, una vez que se veía razonablemente bien tengamos que dejar a la abuela haciendo contacto, a riesgo de perder la “correcta sintonización”.

Cómo no adorar entonces la variedad de oferta y la extensión horaria que estos días nos regalan? Adicionalmente, para los que somos quejosos por naturaleza, nos da la opción de criticar muchas más cosas en mucho menos tiempo. Cuándo en la historia reciente pudimos ver tanta boluda con aires doctorales? O tanto pelotudo con chapa de opinador experto? Porque, convengamos que si bien la oferta es amplia en cantidad de canales y amplitud horaria, se diluyó la calidad en la cantidad. Estamos como si un heroinómano, que generó su adicción con merca de la buena pero poca, se encuentra de golpe con toneladas y toneladas… de paco.

De vez en cuando alguna joyita nos devuelve la esperanza. Cuando eso ocurre, lo tomo con calma, lo disfruto y trato de no acostumbrarme. Igual, la tele sabe darnos un golpe de realidad con una efectividad pasmosa.
De todos modos, mala o buena, repetitiva o novedosa es una adicción de la que no puedo (quiero) salir. Se que tengo a mi alrededor gente que critica no sólo mi adicción sino que además la comente con vehemencia verborrágica. Es gente que nunca me vio sufriendo el síndrome de abstinencia. Ahí si que me pongo insoportable.

Por ahora los dejo, empieza una maratón de “Brady Bunch” seguido por otra de “Supershow infantil” con un reportaje a la mona Margarita. Para mañana me guardo la retrospectiva sobre el Padre Lombardero...

viernes, 16 de abril de 2010

La trampa dialéctica



Tengo un problema. 

Es un problema que tiene que ver con una conducta generalizada. 
Me refiero precisamente a esa opción de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. En principio no está mal. Es una postura cómoda que te evita andar averiguando quien es tal o cual persona para ver si da como para iniciar una amistad. Si ya se lleva mal con mi enemigo, es razón suficiente para que le mande solicitud en Facebook. Hasta hay gente que me caía bastante mal pero por arte y gracia de este principio ahora debo ser su amigo. Lástima, lo tendría que haber odiado antes. Son las desventajas de ser de odio lento.

Pero como soy muy previsor, quisiera adelantarme a un par de situaciones que pueden ser incómodas o de difícil resolución. A saber:

Qué pasa si el enemigo de mi enemigo es amigo de otro enemigo? Aplicaría el principio de el amigo de mi enemigo es mi enemigo? Y si es asi, qué principio tiene más peso? Y si el enemigo de mi enemigo es enemigo de otro amigo? Cómo se aplica, en estos casos, la simplificación de términos? Y si lo tomo como amigo por ser enemigo de mi enemigo y después me peleo, deberé hacerme amigo de quien era mi enemigo? Qué relación vale más? El enemigo de antes o el de ahora? La antigüedad en amistad/enemistad modifica los términos de la ecuación? Y qué pasa si es enemigo de un enemigo y amigo de otro? Cómo se ponderan este tipo de relaciones?

Con todo esto no sé si tengo que odiar o querer a quien se me ocurra o tengo que esperar a ver que me relación mantienen con mis amigos. O mis enemigos. Es más, si ustedes me piensan dar consejos, no deberían pasarme primero una lista de quienes son sus amigos para saber si los tengo que escuchar, ignorar o hacer exactamente lo contrario de lo que me digan?
A ver si termino haciéndome amigo de alguien que es enemigo de mi amigo pero que es enemigo de mi enemigo y mi amigo se pelea por que soy amigo de su enemigo sin pensar que mi actual amigo era enemigo de mi enemigo antes de que yo sea amigo de mi futuro ex amigo por ser amigo de su enemigo, relación de la que no tengo datos fehacientes de fecha de inicio, con lo cual la ponderación “antigüedad” no aplica…

Ya estoy tan perdido que cada vez hago menos amigos. Tampoco hago enemigos, pero parece que estas relaciones generadas por Ley Transitiva, trascienden las voluntades propias…

Sería bueno volver a la usanza tradicional: cada uno por quién es y sin mandatos externos. 

Ahí sí que los kilombos se armarían por las interacción y no por andar aplicando erróneamente las leyes algebraicas  a las de por sí complejas relaciones personales.

Saludos!

martes, 13 de abril de 2010

Los sonidos del silencio



Yo sufro de un caso muy complicado de incontinencia: incontinencia verbal.

Creo que siempre fui así. Imaginen lo que fue en mis "años mozos": mis amigos, al momento del levante, recibían respuestas del estilo: “OK, lo que quieras pero seguí hablándome asi!!”. Ellos poseían el don de las palabras influyentes.  La frase que yo solía escuchar era: “OK, lo que quieras pero callate!!”. Lo mío eran las palabras fluyentes.

Por suerte para los detractores de mi verborragia sucede que a veces, sólo a veces, me quedo sin palabras. Son momentos que algunos atesoran como únicos e irrepetibles. Una de ellas es mi mujer. Si me callo unos segundos, son los segundos que más disfruta. Incluso es capaz, en esos momentos, de mirarme casi con el mismo cariño con el que mira  y trata al perro de la casa. Y eso que yo no meo ni el sillón ni la cama… Pero parece que el control de la palabra merece tanta atención como el control canino de esfínteres. Es más, ahora entiendo por qué tiene un CD que yo pensé que estaba vacío. Pero no: está grabado con mis silencios y lo usa como mantra para meditar. Dice que nada la relaja tanto como cuando yo me callo.

Como algunos de ustedes saben, y los que no se están enterando ahora, yo soy comediante de stand up. Si hay alguien a quien le debo agradecer por haber entrado en este género es, precisamente, a mi mujer. Ella fue quien me dijo “Hablás, hablás, hablás… por qué mejor no le hablás a alguien que quiera escucharte? Y, de paso, hablá de algo que a la gente le resulte fácil reírse: hablá de vos!!”. Ella es asi: mi apoyo incondicional.

Lástima que no es sólo mi mujer la que opina eso. También el Sr. M (nombre ficticio para que Miguel no sepa que hablo de él) opina que hablo demasiado. De acuerdo a sus quejas, mi resumen de una película de 90 minutos, no toma menos de 3 horas. Habrase visto, tamaño desparpajo! Quejarse simplemente por ser detallista en mis descripciones. Evidentemente soy un incomprendido.

Tratando de entender el por qué de esta conducta comencé una búsqueda personal que me llevó a consultar a mi madre por este tema. La llamé. Varias horas mas tarde, al cortar el teléfono descubrí que soy verborrágico por parte de madre. 

Y con la genética no se puede luchar. Con mi madre, tampoco. 

viernes, 9 de abril de 2010

La marca



Yo tengo la marca. Se lleva en la sangre. No siempre lo podés explicar, a veces lo podés compartir pero siempre con una mirada cómplice. Difícilmente se pueda poner en palabras.

Nos movemos como una cofradía secreta donde sus miembros se reconocen por actitudes, posturas o comportamientos casi imperceptibles. En los casos más extremos, por alguna mueca. Pero no más que eso.

Vamos por el mundo aparentando ser uno más de los muchos que, sin advertirnos, pasan a nuestro lado, nos ven como parte del conjunto y no sospechan que llevamos la marca.

Si nos vemos y nos reconocemos blanqueamos la situación. Pero no es algo común. El mundo se volvió muy intolerante con nosotros. La corriente principal y más difundida nos obliga, para tratar de vivir como parte de la sociedad, a adoptar como propias sus formas, sus costumbres y estar al tanto de qué, el cómo el cuándo y el quién. Aunque no nos importe y tengamos que fingir la pertenencia.

Vivimos con esa sensación doble de querer ser parte, de tratar de evitar la estigmatización y a la vez sabernos diferentes. No mejores ni peores, sólo diferentes. No rendimos culto a las mismas divinidades ni enaltecemos actos que, para nosotros, carecen de significado. Pero fingimos. Tratamos de comprender e incluso, en momentos muy especiales, sentimos algún tipo de empatía. Acompañamos pero no compartimos. 

Uno, con algunos años a cuestas, ya hizo las paces con la situación y lo asume como una realidad indiscutible. Pero en algún momento llegan los hijos. Cómo explicarles quiénes somos y el por qué de tanto recelo? Podemos negarles la verdad? No tienen derecho a saber que, para bien o para mal, cargan con la marca?

Verlos crecer es saber que, más temprano que tarde, deberemos enfrentar las preguntas que inevitablemente llegarán. “Por qué Papá?” Vos lo elegiste? Tu Papá era igual? Yo puedo elegir otro camino?”. Cómo explicarlo y aceptar que habrá un corte entre la identificación de ellos con nosotros y con el entorno? Los ponemos en la opción de elegir entre ser como nosotros y ser “como todos”. Queremos preservarlos pero sabemos que, de elegir ese camino, algo se va a quebrar dentro nuestro.

Por eso quiero decirlo. No quiero mantenerlo como una marca vergonzante. Soy así, voy a mantenerme así y, como hasta hoy, seguiré respetando las creencias de los demás pero siempre que las mías sean también respetadas. No soy más por ser así pero definitivamente no soy menos.

Sé que no estoy solo ni soy el único que piensa así. Si están de acuerdo, díganlo conmigo:
No me gusta el futbol, me embola que haya quichicientos partidos por día, no lo juego y soy un pésimo jugador (el orden de estos últimos 2 puntos es irrelevante, tanto como el hecho en sí) y si Maradona hablando de futbol me importa un rábano, menos me interesa su opinión sobre otros temas (política, economía, relaciones internacionales, etc.). Futbol para todos, las pelotas! Valga la redundancia

Ahhhhh!!!! Ya está, lo dije. 

Pero si algún día mis hijos me sorprenden, se rebelan y agarran la pelota, seguramente no me cause gracia. Se que me voy a preguntar: en qué fallé?

Saludos!

miércoles, 7 de abril de 2010

Cómo arranco?



Ya es difícil cuando lo que llega es un lunes común y corriente, pero después de un fin de semana largo la cosa es peor. Mucho peor.

Uno ya siente el domingo o el último día no laborable, esa atracción cuasi magnética que ejerce la cama para dedicar el día completo a la sacrosanta fiaca (bendito sea su nombre!).

Ni que hablar cuando, ya con el día laboral bien estrenado, el despertador con su eterna sonrisa burlona, empieza a chillar. Y yo sé que es precisamente en estos días que, con una clara intencionalidad, el muy turro suena más fuerte, con más ganas. Pareciera que se regocijara con mi cara de lunes, con mis repetidos rebotes contra un par de paredes antes de embocarle a la puerta. Me lo hace a propósito.

Sé que lo hace porque, aunque me enoje, no me la puedo agarrar con él. Le puedo gritar, putearlo, saltarle encima… pero tiene esa personalidad de telemarketer: no se inmuta y eso te enerva más todavía. Para colmo de males, el levantarse finalmente es una inevitabilidad fáctica. Y me jode darle el gusto

Yo tengo mi propuesta personal: todas las semanas debería existir el “miércoles off”. Analicémoslo: te costaría tanto el lunes si supieras que son sólo 2 días de laburo? Claramente no. Después viene ese corte de mitad de semana y luego, nuevamente 2 días. La gente trabajaría más cómoda, más distendida, no creen?

Esto me recuerda cuando le preguntaron a un Ministro, por qué no se pasaba a una semana laboral de 4 días en Argentina, a lo que el Ministro, visiblemente enojado contestó “4 días?? Están locos?? Empecemos por 1!!”

Saludos!!