martes, 23 de febrero de 2010

Una triste historia


-Cómo caí en esto? Mis viejos me matan – pensó mientras escondía en su campera la “prueba del delito” que sin dudas lo iba a poner en problemas.

Lo llamaron a comer y tenía esa sensación clara de que todos lo miraban y sabían. Esas miradas sumadas a la falta de acusación directa, le generaban un terrible sentimiento de culpa que le quemaba por dentro.

¿Por qué no le preguntaban directamente? ¿Qué pasaba? Las preguntas latían en sus sienes como latigazos punitivos. Seguramente sus padres iban a esperar a terminar la cena familiar que, como todas las noches, sería frente al televisor. Sabía que en algún momento lo iban a sentar y entre preguntas, acusaciones, llantos y frases del estilo “¿por qué nos hiciste esto?” iban a conseguir que reconociera la verdad y acepte retomar lo que se aceptaba como "la senda correcta”.

Tantos sueños, tantas esperanzas puestas en él... y nada. Todo se iba por la borda. Arruinando, por un momento de debilidad, las ilusiones de sus padres que tanto se habían esforzado por "formarlo correctamente".

Lo peor es que alternaba entre dos sensaciones opuestas: la culpa y la bronca. Después de todo, era su vida, su cabeza y no dañaba a nadie. A lo sumo, de haber algún damnificado, sería él mismo. 

Pero, como seguramente le dirían sus padres, estas cosas afectan a la familia. No sólo el dolor por lo que había hecho, sino también la vergüenza social. ¿Cómo iban a soportar las miradas reprobatorias de amigos y vecinos? Porque ya se sabe como son estas cosas. Incluso quienes se acercan al principio para darte apoyo, en algún momento comienzan a alejarse. Como si fuera contagioso.

¿Y sus hermanos? Ellos, inocentes y ajenos al drama que se avecinaba,  estaban como siempre mirando el reality de turno, que nadie podía dejar de mirar (aunque en realidad lo repetían tantas veces y a toda hora, era imposible perdérselo). Y él, que debería servirles de ejemplo, estaba a punto de destrozarlos. Apenas se supiera, iban a ser “los hermanos de…” como si ellos mismos hubieran sucumbido a semejante tentación.

No podía comer. Ni siquiera escuchaba las voces alegres y pasatistas que, como todos los días a toda hora y en cada casa, resonaban desde el televisor. Pero esperó. Decidió que les iba a ahorrar a sus hermanos menores la escena con sus padres.

Cuando llegó el momento, se plantó frente al televisor. Y ante la sorpresa y un sutil  enojo de sus padres por tapar la pantalla, tomó aire y lo dijo. Lo soltó como quien libera un fuego que lenta pero inexorablemente, lo está consumiendo.

Claro, directamente y sin ambages mientras se los mostraba, para que no queden dudas: “Mamá, Papá: no pude resistirlo. Espero que me entiendan. Fue más fuerte que yo y no lo supe manejar: hace días que no miro televisión... estoy leyendo un libro.”



5 comentarios:

  1. Que susto! Pense que ibas a contar cuando blanqueaste lo nuestro con mi suegra!! ;)

    Momento goy del día.

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  2. Y yo pensé que ibas a contar mis 9 años viviendo de arriba, diciendo y "haciendo que" estudiaba... Pero bueno, auqnue me arrepiento ahora, tampoco fue para tanto... excepto por la guita al pepe que le hice gastar a mi vieja... POOOOOOOOOBRE!!, já, já!!... En fin... cosas que le pasan a uno...

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  3. Ro'esa no es una historia triste... es un cuento de terror.

    Bss mil.

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  4. Anónimo (es uno de los comentaristas más activos!!):
    No le hiciste gastar guita al pepe, invertiste en encontrar tu camino (je!).

    Saludos!!!

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  5. Es una buena respuesta, pero convengamos que hay formas mas economicas de encontrar el camino. Firmado: una madre

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