martes, 21 de diciembre de 2010

Felices vacaciones, o no tanto


Cansado de lidiar con la ciudad y su polución decidí alejarme y dedicar, junto a mi familia, unos días para disfrutar de las ventajas de la vida en la naturaleza.

En pocos días nos decidimos, elegimos el lugar y el camping donde nos haríamos uno con la Madre Tierra y podríamos transmitir a nuestros hijos la experiencia de descubrir esa conjunción entre el hombre y el mundo que lo rodea. 

Preparamos la carpa, la heladerita, las ollas, las sillitas, la palita, las bolsas de dormir, los colchones inflables… y tantos etcéteras más que  por poco creí que no entrábamos nosotros en el auto. Y ahí partimos, a pasar las fiestas de fin de año de manera natural y relajada.

Fue llegar y darnos cuenta que habíamos tomado la decisión correcta. Para qué encerrarse en un hotel pudiendo disfrutar de el verde y el aire puro? Sólo alguien con muy poca sensibilidad podría comparar un frío hotel con la calidez de la carpa y la vida al aire libre. Lo lamento por ellos.
Ya desde el segundo día me empiezo a levantar muy temprano. Me resulta un tanto difícil dormir una vez que sale el sol (sabían que la carpa no tiene aire acondicionado?). Igual, me encanta sentarme a tomar un mate tempranero. Más tempranero que durante el resto del año pero, cómo no disfrutar del canto de los pájaros que nos acompañan apenas el sol nos da los buenos días? Nada de bocinazos, ni gritos. Ni tele… Qué cosa! Aunque, seamos sinceros, un poco me falta  la querida pantalla transmisora de boludeces escapistas. Decí que acá no tengo nada de qué escaparme. O si?

La gente del camping es gente distinta. La onda es compañerismo a full. Nada de encerrarse y no conocer a quien está al lado tuyo. Todos nos saludamos y ni bien llegamos ya conocemos nuestros nombres. Cómo se puede vivir en el aislamiento que vivimos todo el año? Por suerte, como nos olvidamos la radio, los vecinos nos regalan su música, para hacer más llevadero el día.

Les conté que mis hijos están encantados con todo lo que aprenden? Miran, exploran y descubren cada día cosas nuevas. Un montón de bichos de los que nunca habían escuchado hoy están al alcance de su mano. Claro que ellos están a su vez al alcance de los mismos bichos. Además parece que los muy turros se ríen de los repelentes que trajimos porque lo único que conseguimos es oler a veneno en aerosol de la mañana a la noche. En realidad, a la noche cuando tengo que prender el fueguito para cocinar, ya dejo de oler a veneno para andar por la vida asemejandome más a un frasco de jabalí ahumado. Mañana no pienso encender ese fuego de mierda. O se come ensalada o buscamos algún local de hamburguesas cercano. Y que tenga aire acondicionado, joder.

Mis hijos empezaron a mirarme con cara de odio. Mi mujer no. Ella ni siquiera me mira. Ahora que presto atención, yo pensé que de puro enojada no me hablaba pero me parece que se fue hace un par de días a un hotel cercano para poder dormir en un colchón de verdad que no se desinfle en la mitad de la noche.

Tengo hambre. Tengo sueño. No soporto escuchar a esos pájaros hincha pelotas que no paran de joder con sus cantitos de mierda. Ojalá tuviera una gomera y que Greenpeace se vaya a la puta madre que lo parió. De paso que se lleve a todos los bichos que me rodean y cuya única función en el mundo es cagarme la vida. De tantas picaduras me fui deformando a pura hinchazón y coloración púrpura.

El tema del baño es una cuestión aparte. Una cosa es la buena onda del camping. Otra muy distinta es compartir el inodoro con varios cientos de ilustres desconocidos. A esta altura mi organismo decidió ejercer su derecho constitucional a la huelga. El día que retome actividades... todo puede suceder.

A esta altura, estoy harto de la gente del camping, su puta “alegría de vivir” y la estúpida manía de compartirlo con todos. Sobre todo los pendejos de la parcela de al lado que a fuerza de insistir creen que conseguirán volverme adepto al reggaetón. No se si conocen esta tortura auditiva de forma pseudo musical, pero es como un machacar constante con letras que, por lo menos este año, no las van a postular al Nobel de Literatura.

Tanto insisten los vecinos de parcela con esta lobotomía musical que estoy a punto de responder a sus pedidos:
  • Si me sigue pidiendo que le de más gasolina, les juro que se la voy a dar: vía endovenosa y con un fosforito de regalo.
  • Otro insiste con el reclamo de “tu me dejastes caer” (así, con “s” final). No querido, no te dejé caer pero con gusto te tiraría de un quinto piso.
  • El tercero está dale que va con “dame duro, dame duro, Papi,dame duro”… dame un ratito que agarre una rama medio gruesita y te la parto en el marote, a ver si seguís pidiendo que te de duro, chatumadrelopariocarajo!.

Por suerte, parece que se termina. De puro cabeza dura no quise aflojar y volverme antes. Si dije que me iba de camping, me la banco hasta el final. Un compromiso es un compromiso.
Mañana arranco temprano: desarmo la carpa, limpio la parcela, guardo toooooodas las porquerías que traje, vuelvo a cargar el auto, paso por el hotel a buscar a mi familia y, si todavía quieren venir, vuelvo a casa con ellos.

Tengo unas ganas de volver! Ando con un poco de nostalgia. Me falta el smog de Buenos Aires, dormir en mi colchón, cocinar en una cocina de verdad, el aire acondicionado, los bichos que responden al repelente, despertarme un poco más tarde…

Felices vacaciones!!

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Hace falta que te diga


A veces admiro a aquellas personas que sin ningún tipo de prejuicio dicen lo que les nace y consiguen abducir de la neblina de lo probable una situación determinada, trasladándola al mundo de lo posible. 
No es mi caso. Por lo general a mí las palabras precisas y las acciones correctas me llegan con una demora de varios minutos.

Sabiendo todo eso, no albergué falsas esperanzas. Te vi mientras esperaba mi turno y supe en ese momento que no iba a tener el coraje de decirte nada. Ni siquiera de darte a entender lo que pasaba por mi cabeza.

Dejé pasar los minutos mientras observaba cómo te atendían y el tiempo que te dedicaban. Escuchaba cada una de tus preguntas, tus comentarios y tus consultas.

En mi cabeza, se generaban imágenes de lo que podría suceder si, finalmente, pudiera sobreponerme a mi natural timidez y le diera espacio a las palabras y las acciones que nunca me atrevo a sacar a la luz. Las mismas que luego me quedan grabadas en mi cabeza como oportunidades perdidas.

Por qué creía que esta vez podría ser distinto? En definitiva yo seguía ahí parado, dejando pasar el tiempo, mirándote y escuchándote.

El tiempo se hacía interminable y comencé a notar que ya no podía aguantar mucho más. Estaba seguro que, si seguía viéndote y teniéndote tan cerca,  finalmente haría y diría lo que por el momento sólo me atrevía a imaginar: agarrar la silla que estaba al lado mío y partírtela en la cabeza al tiempo que te gritaba “Escuchame, pelotudo, no te das cuenta que hace 2 hras que te están atendiendo y vos no pará de hacer peguntas sin sentido? No ves que hay una cola de 20 personas que están perdiendo la paciencia y vos seguís dale que dale y preguntando una y otra vez lo mismo? Dejate de joder, llevate lo que viniste a comprar o no lo compres y dejá que atiendan a los demás. O no ves que hasta la empleada está a punto de echarte a patadas del negocio?”

Pero no. No me atreví a decirle nada y el muy hijo de puta se fue tranquilo. Hasta me atrevería a decir que se fue contento, con una leve sonrisa de satisfacción por hacernos perder el tiempo.

Qué problema ser tan tímido.

Saludos!

viernes, 3 de diciembre de 2010

En boca cerrada...


Resultó ser que pasó el tiempo y el Dr. I llegó al final de su función. Este momento implicaba una larga serie de despedidas. En realidad, ni tan larga como él hubiera querido, ni tan corta como hubiese merecido.

El tema es que muchos de los obsecuentes y leales soldados de la incompetencia, revoloteaban a su alrededor compungidos y con cara de circunstancia. Estos guardianes del Dr. I, les asestaban una mirada gélida y reprobatoria A todos aquellos que no compartían su sensación de pérdida, como si su alegría fuera un acto de alta traición. Defensores de lo indefendible, entiendo su frustración y su malestar al verse privados de la fuente y justificación única de su permanencia en el cargo.

Entre los parias de la Administración I, se encontraba uno que, por obra y gracia de su propia incontinencia verbal, solía quedar siempre en “orsai”: o decía lo que no correspondía o en el lugar y ante el público equivocado.

Si el hubiera podido, aunque sea a veces, mantener la boca cerrada, se habría evitado varios problemas, pero le resultaba muy difícil. Extrañamente, los sujetos de sus comentarios no solían recibir sus ataques de verborragia con alegría. Su falta de filtro le había deparado, en el pasado mediato e inmediato, desde ser incluido en “listas negras” hasta despidos, pasando por incómodas situaciones laborales. Esto refuerza mi postura acerca de lo poco honesto del pedido de honestidad, valga la contradicción.

No me malinterpreten, no se arrepentía de haber dicho, en su momento, lo que dijo. Intentó muchas veces ser menos consecuente con su idea y mas obsecuente con el sujeto de sus críticas, pero no pudo. No le dio el estómago. Es cierto que, en algunos casos, podría haberse quedado callado. En otros era imposible y las palabras le salían demasiado directas.

Esta fue la situación en la despedida del Dr. I, que en su actuación profesional fue, a juicio de varios colegas, superiores y subalternos, como un viejo tractor: poca  capacidad de trabajo, lento y de pocas luces…

En la despedida, hablaron muchos. No podía sumarse a la larga lista de halagos vacíos, en su mayoría destacando su lado humano (comprendan que había muy poco que decir de su lado profesional). Por otra parte y basado en las experiencias que ya les comenté, no podía ser totalmente honesto.

Cuando notó que no podía evitar hablar tuvo que tomar una opción de compromiso. Llegaba el momento y, después de pensarlo mucho, entendió lo que debía decir.

Tomó aire y con su mejor cara de poker, arrancó: “No voy  a repetir lo que ya han dicho quienes me precedieron en el uso de la palabra, pero quiero agregar algo. El Dr. I tiene una característica que lo distingue: es absolutamente transparente. Ustedes ven exactamente lo que él es. No hay nada escondido ni oculto. Ni en lo personal, ni en lo laboral. Y permítanme agregar que, haber trabajado con él, para mí fue una experiencia inolvidable. Le deseo en el futuro, todo el éxito y el respeto que se merece por ser el tipo de persona que es.”

A lo mejor se pasó un poquito pero el Dr. I recibió esas palabras con una mirada de satisfacción y agradecimiento que confirmaron las sospechas de todos: el hombre es un viejo tractor.

martes, 30 de noviembre de 2010

Nada por aquí, nada por allá



Nada, che. Cero. Un total y absoluto desierto.

Días y días pensando para que lo único que se me ocurra sea, precisamente, nada.

La cabeza y la pantalla en blanco. Le doy vueltas a algunas ideas y me largo a escribir varias cosas diferentes para descartarlas más rápido de lo que las empiezo a escribir.

Hace ya más de un año y medio que abrí este blog y hasta ahora, por suerte, venía zafando de la laguna aunque sabía que, en algún momento me iba a pasar.

La verdad es que me gustaría poder encontrar una razón externa que justifique semejante traba. Pero no, no es así estoy trabado pero porque sí (Gracias Yog´s).

Y entonces me di cuenta que podía, a modo de exorcismo, escribir sobre esto y contarlo a todos los que siguen y leen  este blog que es, como fue desde el principio, el camino para compartir lo que pienso, siento y veo. Y ahora parece que no encuentro la forma de contarlo.

Probaré con el abracadabra, el sin salabin y algunas otras palabras mágicas, a ver si funcionan. En una de esas, así como me quedé en blanco puede que vuelva la inspiración porque escribir se me convirtió en este último año y medio en una divertida adicción.

Saludos!

jueves, 18 de noviembre de 2010

No nos vencerán!


Hace tiempo que vengo estudiando el comportamiento subrepticio de una corporación que, desde las sombras como un monopolio abusador y disfrazado, trabaja para enriquecerse de manera espuria a costa de nuestra buena voluntad. 

Nosotros, los que trabajamos honestamente sin sospechar que somos víctimas de esta sucia manipulación, caemos burdamente en la trampa. Una y otra vez. Y lo peor es que cada vez que lo hacemos sólo ayudamos a enriquecer a estos inescrupulosos y abusadores.

Es por eso que considero que no podemos seguir callados. Quiero hacer una denuncia pública. Una denuncia acerca de esta manipulación y abuso que hace tiempo descubrí y que por miedo a la corporación que la organiza, no me atreví a sacar a la luz. Pero llegó el momento de decir basta.

Basta de utilizarnos para enriquecerse. Basta de hacernos creer que la responsabilidad es nuestra. Basta de hacernos pasar por el mal momento de dar explicaciones cuando lo único que deberíamos saber es que no somos culpables sino víctimas. Basta, señores. Basta de jugar con nuestra autoestima.

No señores!! En este mismo momento los desenmascaro, no sólo ante mis congéneres sino también ante sus esposas. Ellas que, como inadvertidas cómplices de la corporación, reciben la noticia de lo acontecido con una cara que, aunque no esté acompañada de palabras, para nosotros es clara. Las cejas arqueadas, la boca con una mueca de media sonrisa sarcástica y el posterior soplido, entrecerrado de ojos y negación con la cabeza. Una expresión que implícita pero claramente nos dice “No podés ser tan boludo de volver a mancharte la corbata”.

Hablemos claro. Les hablo a ustedes, señores fabricantes de corbatas: Que se creen? Que son tan necesarios? No, señores, no se equivoquen. Nosotros nos arreglamos perfectamente bien solos para bajar en la escala conceptual de nuestras esposas/novias/concubinas/amantes!!

Yo lo sé y lo hago público: ustedes las fabrican con una tela especial con propiedades magnéticas que genera un campo gravitacional atrayendo cualquier elemento comestible circundante, en especial los que son imposibles de quitar. Corbata tras corbata, manchada con salsa, aceite, mostaza, mayonesa, etc. Cómo puede ser? Nunca estos elementos caen en otro lado que no sea en la corbata? No, señores, no nos tomen por estúpidos. Eqo lo podemos hacer solos. Esto termina aquí.

Alcemos nuestras voces. Hagamos valer nuestra fuerza e iniciemos la revolución: dejemos de usar corbatas. Por nuestra dignidad, por la lucha contra las corporaciones que nos tienen agarrados del cuello y, principalmente, porque la corbata, a diferencia de la pelota, sí se mancha.

Y por otra parte las pelotas, además, se hinchan.

Saludos!

lunes, 15 de noviembre de 2010

Amigos, anécdotas y memoria


El tiempo hace que a veces las anécdotas que vivimos y repetimos hasta el cansancio, nos empiecen a parecer inverosímiles.

De golpe uno se empieza a preguntar si todo eso ocurrió o es una jugada medio extraña que nos hace el trío fantástico de la exageración: el tiempo, la memoria (o su ausencia…) y la fantasía.

Como ya escribí en artículos anteriores, yo viví fuera de Argentina en una etapa muy importante: entre los 19 y los 23 años. Es esa época estando lejos y sin mi familia directa cerca, los amigos que tomaban el lugar de una familia adoptada como propia, eran compañeros de ruta para grandes (enormes!) anécdotas que, por esas cosas que tiene la memoria, a mi me quedaron grabadas.

Pasó mucho tiempo y el tema es que con el correr de los años, uno empieza a dudar de los propios relatos. Será que fue realmente así? No estaré inventando (voluntaria o involuntariamente) aunque sea una parte, para hacerlo más interesante de relatar y más nostálgico, heroico, cómico, emotivo o tétrico de recordar?

Para ser sincero, estas dudas no me impidieron seguir contando, contando y contando estas anécdotas hasta el cansancio (sobre todo el cansancio de mi mujer que de tanto escucharlas ya las sabe de memoria).

Pero la duda seguía. Habrá sido así?

Y resultó que hace un tiempo se conjugaron las casualidades, las coincidencias, las inevitabilidades históricas y la necesidad consciente e inconsciente de corroborar mis recuerdos me permitió ubicar a uno de esos compañeros de ruta. Un amigo que por años (muchos) no ubiqué y que resultó estar más cerca de lo previsto. En un viaje familiar a Córdoba, arreglamos la forma de vernos y de golpe, en ese primer abrazo reconocí como reales cada una de esas historias. Pero no quedó sólo en el abrazo: repasamos todas las anécdotas que el tiempo nos permitió y con tanta sorpresa como alivio vimos que, lejos de haberlas exagerado, los detalles recordados en conjunto nos ayudaban a revivir con mayor detalle todos esos momentos que formaban nuestra memoria de los tardíos ´80.

Pasaron los años y cada uno de nosotros siguió su camino, tuvimos nuestras altas y bajas, pasamos mejores y peores momentos. No nos vimos por mucho (demasiado) tiempo. Pero esos años, con sus anécdotas a cuestas,  nos quedaron marcados a fuego (mucho más de lo que yo creía) y resultaron estar mucho más ajustados a la realidad de lo que hoy quisiera admitir.
Volví de ese viaje con una sensación de haber recuperado parte de mi memoria. No por haberla perdido antes pero si por haberla confirmado ahora.

Gracias, Ale Y. (Sanjua) querido, por ese ejercicio de volver a los 20 para recordar cuánto más sorprendente es la realidad que la imaginación y que nos acompañen en ese viaje todos los personajes de aquella época, que no fueron pocos!

martes, 9 de noviembre de 2010

Revelaciones


Hoy pasé al lado del Profeta, como todos los días, y lo noté distinto. Me llamó la atención su silencio y sobre todo, su mirada: perdida como si mirara a través de quienes pasaban a su lado. Ya no advertía, a los gritos y blandiendo su bastón,  acerca del fin del mundo ni de las catástrofes climáticas. Mucho menos hablaba de la falta de fe o de la inminencia de la destrucción de los impíos.

Me sorprendió tanto que rompí mi natural timidez y le pregunté:

-Qué pasa, Profeta? Hoy no hay profecías apocalípticas?

-Ni hay ni va a haber –me contestó con una voz de derrota que nunca le había escuchado.

-Vamos, no me va a decir que no va a pasar nada trágico!-le dije un poco en broma pero bastante sorprendido- Después de todo, las cosas de ayer a hoy no cambiaron tanto y el mundo sigue tan "pecador" como antes…

-No, pibe -me dijo, casi en un sollozo- Ya nada es como era antes.

-Pero, por qué? Qué cambió tanto? – le pregunté, más como dándole un pie que por curiosidad real.

-Cómo “qué”? Todo! Uno, después de años de esfuerzo se había hecho un nombre, una imagen y hoy todo se banalizó. Se perdió la esencia, eso es lo que pasó. Antes no me escuchaban, pero ahora ni me miran. Peor! Ni me ven!! Prefieren a los más famosos, los falsos.

-Bueno, Profeta, pero en definitiva, lo que hagan los demás lo tendría que tener sin cuidado. Es otra cosa, otro público…

-Estas equivocado!-me interrumpió- Nada de otro público ni otro estilo, vos no te das cuenta, pibe… es que me están matando. La locura auténtica ya no tiene espacio. Hoy, si sos un “loquito” nadie te da bola. Para que te escuchen tenés que ser freak… y yo no doy la talla para semejante nombre… Dejá, pibe, no se si me vas a entender pero mi problema no es que el mundo se termina. Lo que se termina es mi forma de vivirlo.

Ahí tomé conciencia de lo que le pasaba.  Se le estaba acabando su tiempo. De golpe lo vi con otros ojos y me di cuenta que no podía hacer nada. Nadie podía. La actualidad lo pasó por encima y ya no tenía forma de volver a subirse.

Le dejé en la latita de siempre la moneda de todos los días y me fui pensando en cuántos otros, como el Profeta, se están quedando sin su laburo de “loquito del barrio”. Los únicos que van a sobrevivir son los que lleguen a la tele, aquellos sedientos de un poco de fama mediática. La locura snob que prefiere que la llamen "freak", como si fuera un título de nobleza largamente anhelado.

Se nos están acabando los loquitos artesanales, los que conocíamos de toda la vida en el barrio. Los nuevos freaks, más “plásticos”, duran mucho menos.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Un flojito, después de todo.


Yo vengo de familia dividida. Dividida por partida doble: por miles de kilómetros y un número no menor de peleas. Estas últimas son generalmente, a la hora de dividir, mucho más efectivas que las distancias físicas.

Yo mismo en algún momento armé valijas y me fui. Años después las volví a armar para desandar el viaje y el corazón y la realidad me quedaron partidos y extrañando a su mitad lejana, sin dejar por eso de disfrutar y confirmar mi elección. De hecho, es gracias a mi regreso que conocí a mi mujer y tengo la familia de la que me enorgullezco.

El tema es que tiempo después de mi regreso mi madre y mi hermana se fueron también y desde entonces el extrañar pasó a ser un compañero diario, raramente interrumpido por alguna visita esporádica, llamados telefónicos (de frecuencia más que aceptable) y toneladas de bytes (mails, fotos y cuanto etcétera se les ocurra), gracias a la era digital que por suerte nos toca vivir.

Digamos que, con varios años a cuestas de océanos y continentes interpuestos, uno se va acostumbrando a la situación. Casi.

Casi, porque hay momentos específicos en los que la distancia pesa y la nostalgia cuesta. 

Hoy es uno de esos momentos: ayer sonó el teléfono y era mi vieja. Esta vez, para variar el estilo, fue bien concisa y directa con una noticia excelente: mi hermana, con 41 semanas de embarazo a cuestas, llegó al hospital para dar a luz a su primer hijo. Y no pude escuchar nada más.

Yo soy de cuerito flojo, de lágrima fácil. Un llorón, se podría decir. No reniego de esta característica. Todo lo contrario: la llevo adelante por la vida con emotivo orgullo (tan emotivo que me hace lagrimear). Honré, entonces, esta condición y me despaché a gusto. Después de todo, me estoy estrenando como tío directo.

Todos sabemos que se hace difícil la distancia y, contra todo lo previsto, también en momentos de intensa y profunda felicidad. 

Este es uno de esos momentos.

martes, 2 de noviembre de 2010

Ríndete y tendrás un juicio justo

smD20704a by diosthenese


La cosa había llegado a un punto en el que la opción era él o yo. El duelo era inevitable. No parecía haber espacio suficiente para ambos.

No fue asi desde el principio. Creí que podíamos mantener una relación estable y hasta simbiótica. Pero me equivoqué.

Cómo puede ser que yo mismo le haya abierto la puerta y le haya dado un lugar en lo que, hasta ese momento, era mi lugar, mi refugio, mi espacio personal?

Al principio lo tomé como un miembro más del grupo. Incluso le permití cosas que ni hubiera permitido antes, ni se lo hubiera permitido a otro. Ese fue mi error. Evidentemente confundió permisividad con debilidad y comenzó a atribuirse prerrogativas que no le correspondían.

Ahora es tarde, ya hace tiempo que no nos entendemos. Era sólo cuestión de tiempo para que la situación llegue a este nivel de tensión. Una simple pero elevada contienda de egos. Ni él ni yo estamos dispuestos a ceder terreno. Después de todo, cada centímetro de espacio reclamado como propio nos había costado bastante.

Reconozco que no actué a tiempo. Que cuando debí frenarlo con firmeza, para evitar conflictos que creía innecesarios, lo manejé con demasiada calma y ahora que estamos frente a frente, uno de los dos va a tener que ceder. Alguien se va a ir vencedor y el otro deberá asumir la derrota, tratando de mantener la poca hidalguía que nos deja la derrota pública.

Pero todo lo que pasó, es historia y ya no cuenta. Es aquí y ahora. El o yo. El desafío se planteó y ahora es tarde para echarse atrás.

Si él se mantiene dentro de los límites de mis reglas, todo quedará en paz, pero admitiendo tácitamente que yo soy la ley. Si decide actuar de alguna manera desafiante, voy a tener que actuar con firmeza para mantener mi posición.

Llegó el momento y el tomó la iniciativa: este perro de porquería me volvió a mear el sillón. Para mantener mi autoridad le puse un patadón que voló algunos metros y como era de esperarse mi mujer, por idéntica razón, se la agarró conmigo y defendió al perro.

Ahora sólo me queda una opción: limpiar el sillón porque hasta que me perdonen estoy desterrado al living.

Puede que sea mi imaginación pero estoy seguro de haberle visto una sonrisa sarcástica mientras se alejaba, en los brazos protectores de la super-alfa de la manada.


martes, 26 de octubre de 2010

El tren fantasma



Esta no es una historia simple. Ni siquiera es una historia creíble.  De hecho, si no fuera porque yo mismo la viví, la leería con escepticismo.

Historias de trenes hay muchas. Cada ciudad, cada pueblo, cada barrio, tiene alguna historia dónde el tren es protagonista. Pero esta es una historia diferente dónde el tren adquiere la personalidad de “Ciudadano Ilustre” del barrio que ayudó a  nacer, crecer y desarrollarse.

Es que, además, este es un tren distinto: un tren fantasma.

Comencemos diciendo que vivo frente a las vías o, para ser más exacto, frente a lo que alguna vez fueron las vías de un tren que dejó de circular hace ya más de 50 años y aún así, sigue vigente. Para todos en el barrio es “El Trencito”. Casi un nombre propio.

El barrio, pese a los años, nunca asumió que el tren dejó de circular y las referencias siguen sin hacer notar su ausencia: “Al ladito de la estación”, “Del trencito, 2 cuadras para allá”, “Pegadito a las vías”… Ya no hay estación- sólo queda el cartel-, el tren no corre y las vías, hace años ya que fueron levantadas y suplantadas por parques y plazas.

Cuando me mudé al barrio, no comprendía el sentido de semejante tozudez. Ya habían pasado muchos años sin “El Trencito”. Cómo podía ser que aún hoy, el barrio lo viva, lo nombre, lo escuche y lo vea pasar?

Empecé a averiguar de qué se trataba y de a poco fui conociendo la historia del barrio y su tren (o sería el tren y su barrio?) y así, de a poco, fui entrando en esta realidad que, para mí, era extraña y lejana hasta hacía muy poco tiempo.

Pregunté, leí y averigüé pero cuanto más averiguaba, más me resistía a tomar el tema en serio. Hasta aquella noche.

Por lo general soy de sueño pesado y es muy difícil que algo me despierte, pero esa noche escuché algo extraño: el traqueteo del tren sobre las vías, el silbato del guarda y el pitido de la locomotora al arrancar. No podía ser real. Soy escéptico por naturaleza y todo esto me sonaba a broma pesada. Me asomé a la ventana y no vi nada fuera de lo normal: la plaza estaba ahí y no había ningún tren. Pero al volver a la cama, lo volví a escuchar.

A partir de esa noche, sigue apareciendo sin dejar ningún rastro de su paso al llegar el día. Puede que sea mi imaginación pero a partir de ese día, mis hijos me miran con sonrisa que tiene un brillo de complicidad, como si hubiera entrado finalmente en la cofradía del tren. Claro, para ellos es más fácil: conocen al Trencito desde siempre porque nacieron frente a las vías.

Hoy, con la perspectiva del tiempo, me doy cuenta que yo no encontré al tren sino que fue el tren el que me permitió acercarme cuando estuve preparado para entender por qué nunca se había ido.

Así que ya saben: cuando pasen por Versailles y alguien les hable del Trencito en tiempo presente, o le pregunten una dirección y los oriente en referencia a la estación o las vías, no será más que la pura verdad. Porque aunque durante el día nadie lo vea, cada noche se corporiza y le insufla al barrio ese soplo de vida que le permite levantarse, renovado, cada mañana.


Fotos: Vagón y Cartel de la estación Del archivo de "El Trencito de Versailles"

lunes, 18 de octubre de 2010

Valoro tu honestidad, entonces mentime


A decir verdad, pocas cosas más sobrevaluadas que la honestidad. Nos cansamos de oír y repetir frases como: “Decime la verdad, se completamente franco/a conmigo”, “no importa si es doloroso, prefiero que seas honesto/a”, “Valoro mucho su sinceridad y franqueza”. Qué queremos decir con todo esto?  Simple: miéntanme para que no joda tanto lo que me quieran o tengan que decir.

Piensen por un momento que todos nos dejaramos llevar por esta tormenta de honestidad y sólo dijéramos lo que realmente pensamos, creemos o vemos. Terrible!

Dónde quedarían el querido “no sos vos, soy yo”, el "no te merezco" o el tantas veces escuchado “te quiero como amigo”? Las ventas en los locales de ropa caerían en picada al impedir el “te queda pintado!” o el "esto es lo que viene para la próxima temporada" y, en otro ámbito, ni que hablar de los  célebres y nunca bien ponderados “esto no es lo que parece”,  el “yo te aviso”, el “nunca me pasó” o el “sólo la puntita”. Triste vida, pero honesta.

A qué viene todo esto? Simple. Si hay un ámbito donde no nos interesa que nos sean honestos (pese a lo declamado por años) es el ámbito de la publicidad. Nos encanta creer que el cinturón que vibra no sólo te hace un licuado intestinal sino que también te reduce la cintura. Que es el desodorante el que provoca que las minas caigan a tus pies, aunque huela a cementerio y que las compañías de seguros (cualquiera de ellas!) son un aliado incondicional que estará a tu lado ante un siniestro… 

Pero lo que más nos gusta creer, incluso me atrevería a decir que necesitamos creer, es que las empresas de alimentos saben lo que hacen. Nos gusta engañarnos pensando que el gusto y las propiedades de los alimentos son producto de una cuidada investigación y que estas personas saben de qué hablan.

Parece que desde hace un tiempo hay una empresa en Argentna que decidió tener un ataque de “honestidad bruta” y contarnos, canción mediante, que no tienen idea de qué hacen, cómo lo hacen o qué contienen sus productos. Para aquellos que no vieron las publicidades, se las presento. Comencemos con una leche para niños que la empresa no sabe qué contiene:


Continuemos con un yogurt que no sólo no tienen idea por qué les salió rico sino que nos avisan que podrían meternos un verso acerca de cómo lo hicieron peeero…





Hacía falta, SanCor? No podían decirnos que le pusieron esfuerzo, investigación y consiguieron 2 productos de primera en lugar de largarnos así, sin anestesia que el primero no saben qué tiene adentro y el segundo les salió de pura casualidad? Asi no va. Con los chicos, no.

Ahora, si esta onda continúa, podríamos extrapolar el estilo y plantarnos ante la vida con algo que llamaremos “Actitud Yogs”. Esta actitud es aplicable a innumerables momentos de nuestra vida cotidiana. Yo recopilé algunos ejemplos que creo que ilustran lo que digo con mayor claridad:

  • Mire, Don controlador de tránsito, le podría decir que me saque la multa porque no pasé en rojo ni hablaba por el celular, pero no, no es así, sáqueme la multa pero porque sí!
  • Oiga jefe, podría decirle que me de un aumento por mi desempeño, los logros alcanzados y el esfuerzo que pongo en crecer. Pero no, no es así, deme un aumento pero porque  sí!
  • Mirá flaca, podría decirte que nos peguemos una revolcada porque nuestro amor será eterno y te propongo una vida juntos… pero no, no es así, ponete en bolas pero porque sí!
  • Ciudadanos, podría decirles que me voten por mi idoneidad, mi manejo impecable de los fondos públicos y mi experiencia en la administración pública… pero no, no es así, vótenme pero porque sí! (o porque no los voy a defraudar...)


Y hay tantos ejemplos más, que les propongo sumar los propios, o aquellos que “escucharon que le pasó a un/a amigo/a” (je!). Aquí en el blog o por twitter con el hashtag #ActitudYogs para compartirlo.

Podría decirles que comenten y difundan este blog por la calidad de sus contenidos, pero no, no es así, háganlo pero porque sí! 

Saludos!!

miércoles, 13 de octubre de 2010

Todo concluye al fin


Un día tuvimos que enfrentarnos con lo inevitable: había llegado el tiempo del final, el momento de la despedida. Vinieron, entonces, a mi memoria todos los momentos compartidos.

Una a una, como fotografías ajadas, deslucidas, repasé cada situación y cada experiencia. Pero eran sólo eso: fotografías vacías y sin sentido, vos me entendés.

Pero todo eso es pasado. Ya no vamos a vernos. Al menos, no por un tiempo largo.

Más de una vez me dijeron "No insistas, es inútil". Cuanta razón tenían! Completamente inútil...

Yo se que, con el tiempo, esta separación va a ser simplemente una anécdota y podré verlo de manera más objetiva. Estoy seguro que podré tomarlo con mayor ecuanimidad. Hoy, sin embargo, la cosa está aún fresca, teñida por la cercanía de la separación y la efusividad del momento.

Pero no me importa, no voy a medirme. Me debo este momento de sinceridad y los sentimientos que hoy están a flor de piel sé que hablarán por mí.

Quiero que lo sepas, que no lo olvides, que lleves con vos mis palabras mientras te alejás. Puede ser egoísta de mi parte, pero no quiero cargar con el peso de las palabras no pronunciadas.

En algún momento, estoy seguro, vas a sentir la necesidad de volver. Vas a querer recuperar lo que dejaste y vas a evaluar la posibilidad de desandar tus pasos.

En ese momento te pido que pienses en mí, que te acuerdes de mí y que acudan a vos mis palabras, que pueden sonar como un pedido pero son en realidad un deseo que surge desde lo más profundo del alma, crece en la garganta y se grita a viva voz:

Ni en pedo se te ocurra volver!!! 

Corrección del título: todo concluye. Al fin!!

Aclaro: los conceptos vertidos en este artículo son pura ficción. La realidad es mucho más cruda. Saludos, Dr. I (no siempre las despedidas son de una mina...)